domingo, 28 de junio de 2009

Ensayo

Manuel Guillermo Ortega
Los pañamanes o la resignificación del mito y la leyenda como valores identitarios


Palabras clave: Identidad, mito, leyenda, resignificación, pañamanes, puerto libre, Caribe, Colombia: Islas de San Andrés, Providencia y Santa Catalina.
Resumen: Este ensayo analiza la novela Los pañamanes desde la perspectiva de cómo la declaratoria de puerto libre (poder adquirir mercancías sin pago de aranceles) que hace el gobierno colombiano de las Islas de San Andrés, Providencia y Santa Catalina (Islas de San Gregorio y Fortuna, en la novela), afecta profundamente la identidad sociocultural de los isleños, al cambiar, de un modo intempestivo y sin medir consecuencias, una economía de autoabastecimiento basada principalmente en el agro y la pesca, por una economía fundamentada en el comercio y el turismo continental y de otras latitudes que se desgranó sobre las islas. Se estudia cómo los isleños intentan preservar sus valores identitarios, ya permeados de sincretismo afro-anglocaribeño, a partir de la leyenda del pañamán (Spanish man, el intruso continental) y otros núcleos mítico-legendarios y mágicos, pero al mismo tiempo, se observa cómo, de todos modos, el yo isleño-raizal termina asimilando al otro continental, en un proceso de múltiples tensiones que aún no termina.
Key Words: Identity, mith, legend, resignification, Spanish man, free port, Caribbean, Colombia: St. Andrew, Old Providence and Catalina Island's.
Abstract: In this paper, we analyze the novel Los pañamanes from the perspective of how the declaration of free port (to acquire merchandises without payment of tariffs) that the Colombian government makes of St. Andrew, Old Providence and Catalina Island's (Islas de San Gregorio y Fortuna, in the novel), affects terribly the sociocultural identity of the islanders, when changing, of an unexpected way and without measuring consequences, an economy of self-supplying based mainly on the agriculture and the fishing, by an economy based on the commerce and the continental tourism and of other latitudes that arrived at the islands. We study how the islanders try to preserve their identity values, already formed in an Afro-Anglo-Caribbean syncretism, from the legend of pañamán (Spanish man, the continental intruder) and other mythical-legendary and magical nuclei, but at the same time, we observe how, anyway, the island I ends up assimilating the other continental one, in a process of multiple tensions that not yet finishes.
Indiscutible es que la transformación socio-económica y cultural que va a generar la declaratoria de puerto libre de las Islas de San Andrés, Providencia y Santa Catalina[1], por parte del estado colombiano, en 1953, se convierte en el asunto de la novela Los pañamanes (1979)[2], de la narradora colombo-caribeña Fanny Buitrago[3]. El decreto-ley[4] que efectúa la conversión de las islas en puerto libre resulta una medida económica mediante la cual la nación busca hacer suyos tales territorios insulares, establecer soberanía sobre ellos, abandonados —como decía la prensa de la época, 1953— a la buena de Dios de colonizaciones ajenas a la nacionalidad colombiana, sin presencia político-administrativa del estado y, con la amenaza de la reclamación de Nicaragua, por hallarse más cerca de sus costas (Mosquitia, a 180 kilómetros) que de la Colombia continental (a 480 kilómetros).
La novela se construye alrededor de un grupo compacto de nueve jóvenes llamados los tinieblos (todos pañamanes, en distintos grados), residentes en un archipiélago de nombre San Gregorio y Fortuna, espacio literario creado a partir de las Islas de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, en la geografía real o histórica. El tiempo novelado básico corresponde a la época (1953) en que el archipiélago es declarado puerto libre por el gobierno, lo que trajo fuertes transformaciones en los modos de existencia socio-económica y cultural de sus habitantes, aunque, por momentos, la novela va más atrás, hacia tiempos anteriores a la declaratoria de puerto libre, y aún hacia un pretérito mítico-legendario. En este sentido, Los pañamanes constituye un testimonio estético del proceso de enfrentamientos e identidades entre nativos e inmigrantes. Según Graciela Maglia, “Las obras literarias constituyen una respuesta cultural a problemáticas histórico-sociales: en un contexto heteroglósico como el del Nuevo Mundo, mal podríamos construir nuestro discurso desde el monolingüismo autocrático y ejemplarizante del proyecto moderno. Desde un nuevo locus de enunciación, la experiencia cultural del caribe se ha adelantado al debate transcultural de hoy” (2005: 442).
La medida de declaratoria de puerto libre de las islas generó dos actividades que vinieron a afectar profundamente la integridad de las islas: el turismo y el comercio, que atendidos por los inmigrantes, pasan a ser el pilar de la economía isleña, con lo que los nativos (afro-anglocaribeños), dada la superpoblación y el encarecimiento de la tierra, comienzan a conocer el desempleo. La misma novela dice que “los pañas aprovecharon la ingenuidad isleña para adquirir mucha tierra a bajo precio y cada cual se instalaba a su acomodo, sin que ningún ingeniero tomara cartas en el asunto de vías y alcantarillados” (190). Es un hecho aceptado que la declaratoria de puerto libre se convirtió en una agresión salvaje que no midió los efectos producidos en la parte más sensible de la sociedad isleña: su cultura. El archipiélago, de pocos habitantes[5] en 1953, manejaba una economía de subsistencia cuyo soporte era el intercambio o trueque de productos provenientes fundamentalmente de la agricultura, la ganadería y la pesca. Así, esta economía de autoabastecimiento creaba unas relaciones socioculturales basadas en la unidad familiar, la cooperación comunitaria y el parentesco[6]. La declaratoria de puerto libre incidió centrífugamente en la estructura familiar de los raizales sanandresanos. En varias oportunidades, en la novela, se hace mención literal de los niveles de descomposición social generados por el decreto de apertura. Para la institución religiosa protestante, “determinados lugares del agitado balneario” [habían sido] “convertidos en antros de juego, iniquidad y corrupción, por obra y gracia del puerto libre” (40).
Si bien las islas han vivido seguidas ocupaciones y colonizaciones (puritanos ingleses, colonos holandeses, jamaiquinos, españoles, esclavos, piratas, judíos, chinos, árabes, franceses, norteamericanos, colombianos…), a partir de la declaratoria de puerto libre, la sociedad isleña, como señala el Mapa Cultural del Caribe Colombiano, queda dividida en tres grupos básicos que entran en rivalidad: los raizales, los continentales sanandresanos (pañamanes) y los extranjeros nacionalizados o no nacionalizados[7]. Hablar de identidad, por lo tanto, en cualquier enclave del Caribe, es tarea difícil pero impostergable. “En la región Caribe colombiana [las islas de San Andrés y Providencia hacen parte de esta región], es necesario dar el paso del autoconocimiento y del reconocimiento del otro, por la pluralidad y heterogeneidad que integran esta unidad geo-histórica, en la que al lado de la proverbial trietnia (América, Europa y África) que está en nuestra base humana, encontramos la presión de las inmigraciones, ya sean internas, pacíficas o por desplazamiento violento, provenientes de otras regiones de Colombia o de subregiones del propio Caribe colombiano, o externas, con la llegada de sirio-libaneses, turcos, italianos, chinos, alemanes y la influencia económica y cultural norteamericana” (Ortega: 2005: 420).
De cualquier forma, parece que el elemento cohesionador alrededor del cual se generó una primera identidad fue la plantación, sobre todo en las islas que en el caso de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, tuvieron los cultivos del algodón y el coco principalmente, aunque también caña de azúcar y tabaco. En otros enclaves, sabemos, como en Cuba, fue la caña de azúcar el cultivo fundamental. En este sentido de la identidad conectada con los modos de producción socio-económica de la plantación y las inmigraciones, anota Antonio Benítez Rojo que los conceptos de «cultura», «expresión cultural» e «identidad cultural» “aparecen asociados a palabras aún más recientes como «poscolonial», «criollidad» (creolité, creolness), «criollización» (creolization) y lo Caribeño o caribeñidad (Caribbeanness), los cuales reclaman para la región […] una identidad cultural bifurcada, siempre proyectada entre un acá y un allá (galaxia, rizoma, manglar, anfibio), y una matriz socioeconómica anclada en el black hole de la plantación” (1998: 387). En otras palabras, se trata de una identidad de elementos escindidos y a la vez en contacto, en la que están siempre presentes el yo y el otro[8].
Uno de los personajes en que se puede ver de una manera notoria el influjo de la nueva concepción del mundo que se genera a partir del cambio de una comunidad de autoabastecimiento de base agropecuaria y pesquera a una sociedad comercial y turística, es Nicholas Barnard Lever, alias Nick-Boy, quien de good boy pasó a ser tinieblo, defensor de la mentalidad paña. “Criado en un clan bautista, severo, aristocrático; en donde la palabra del pastor poseía carácter de oráculo y la asistencia al templo místicas repercusiones semanales” (38-39), representante del verdadero espíritu isleño formado en la mezcla de varias sangres y etnias, sin poder “desmentir que por su sangre corría sangre de los más puros guerreros masais, como tampoco podía suprimir su delicado perfil de estatua griega o borrar el chispeante humor irlandés que bailoteaba en sus enormes ojos pardos”, dueño de “un árbol genealógico verdaderamente florido, del cual colgaban como campánulas tintineantes apellidos antiquísimos, sin que faltaran los del conde Warwick y el famoso John Pym, pioneros del comercio y de la religión protestante en las islas” (39), Nick-Boy se convierte en un activista de la vida agitada que propone el puerto libre.
Si es un hecho establecido que los espacios de la gran cuenca del Caribe (islas y costas continentales, una especie de mediterráneo americano) han sido territorios de ligas, sincretismos y amalgamas de toda especie, en las islas de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, esta mezcla heterogénea de múltiples tensiones, a partir de la declaratoria de puerto libre, se vuelve la razón de ser de su existencia como entidad sociopolítica.
Los pañamanes, como novela caribeña, es un testimonio plenamente estético —con un fondo de mito, magia y leyenda raizal—, de todo este proceso en que el grupo de los nativos busca conservar su identidad e independencia frente a la tropelería cultural que trae la declaratoria de apertura comercial y turística, pero al mismo tiempo, la novela es un fresco de las distintas formas de asimilación de la cultura intrusiva continental, visible en el mismo título que parece privilegiar la voz de los invasores mediante la popularización fonética de la expresión Spanish man, es decir, el hombre que habla español, venido del continente.
En este aspecto del contacto de culturas, es relevante el concepto de transculturación, del cubano don Fernando Ortiz, proceso que presenta tres etapas o estadios: una aculturación (toma o asimilación de rasgos de la cultura invasora), una desculturación (pérdida de elementos de la propia cultura) y una neoculturación o creolización de la cultura extraña que recibe características propias (1987: 96)[9]. Por supuesto, ya este proceso de transculturación se había venido dando desde cuando los puritanos ingleses establecieron las plantaciones de algodón con esclavos africanos.
El abigarrado sincretismo se aprecia en las relaciones generadas por el comercio y el turismo:
Al pie del malecón y alrededor de las bodegas se renueva constantemente una multitud impaciente y vocinglera. Zarandeada a la deriva por llamativos automóviles de último modelo y ruidosas motocicletas corroídas por el salitre. Marinos de diversas nacionalidades, contrabandistas. Pescadores, tostados aventureros, vendedores de drogas, mendigos y chanceros. Deambulaban altivos isleños de piel melada y luminosos ojos claros, atléticos suecos encandilados por el trópico, comerciantes activos y sudorosos, vagabundos de largos cabellos con las pupilas extraviadas, fanáticos propagandistas de la Biblia y —de cuando en cuando— asustados turistas que perdieron a sus compañeros de excursión y las diversiones detalladas en los elegantes folletos de la Corporación Nacional de Turismo (13).
Toda la fauna de traficantes:
En los últimos meses el sector que a título personal reclamaban los muchachos [los tinieblos] sufría una invasión de indeseables. No solo la escoria rechazada de casinos y burdeles de alto coturno, sino forasteros de ropas vistosas y sombreros cow-boy procedentes de Miami, Jamaica, el continente y Centroamérica. Estafadores internacionales, embelequeros de la jeringuilla, distribuidores de ácido y marihuana-golden, famosos mantenidos, practicantes de abortos, golfas de medio pelo y maricones pintarrajeados (19).
La ventolera de comerciantes de todo tipo se precisa mucho más:
Pregonan los yerbateros pomadas exóticas, raíces medicinales, collares de ajo, pulseras magnéticas y jarabes concentrados teñidos de violeta, mandarina y bermellón. En los tenderetes, cubiertos con planchas de zinc, se mueven con aire soñoliento los vendedores de fruta, como dopados por el furioso zumbido de las moscas. Se trafica con niñas, copra, ácido, divisas de importación, empleos públicos, carnes congeladas, materiales de construcción, artefactos eléctricos, perfumes y whisky adulterado. Están los adivinos. Las negras de uñas platinadas. Los narradores de cuentos. Los políticos incansables. Y todos los que ignorantes del pasado legendario de la isla emergen del cieno de su historia (13).
Se contrasta la presencia de distintas religiones. Así, el padre Radamés Otero, un paña “desterrado a la isla por sus ideas anárquicas”, debía trabajar “en una tierra saturada por las misiones, la supervivencia del «vudú» y la proliferación de diversas sectas protestantes” (111). De allí que intentaba construir en El Arenal una iglesia que opacara “el Templo Bautista de La Loma, La Iglesia de la Sagrada Eucaristía, el caserón de la Misión Church y La Iglesia de Jesucristo de Los Santos del Último Día” (57).
El desbarajuste de lenguas y patois: “Todos. Unidos por el lenguaje común de la gritería. En español, patois, inglés, árabe, ruso, yidish, italiano, hebreo, chino y portugués” (13). Es el espacio de la no-identidad o desidentidad étnica: “Goyo Saldaña ignoraba que él no era ni blanco ni negro ni indio ni chino ni mulato, pero parecía tener una mezcla de todo ello” (22). Miss Lorenza Vallejo de Saldaña, su abuela, una matrona isleña que se había casado con el pañamán Campo Elías Saldaña, “Era el espejo de los pobladores de la isla. Entre sus antepasados se contaba un negrero portugués, un pastor adventista de rancio origen inglés, un buhonero ruso-judío, una maestra catalana, la descendiente de un holandés y una cuarterona jamaiquina, un marinero sueco y la hija de un cocinero chino” (146).
Frente a la invasión capitalista, los personajes que defienden la isleñidad —aún los propios tinieblos— se aferran a formas míticas y premodernas de la cultura raizal. Los nueve hombres (Goyo Saldaña, Tarranova González, Lord Caca, Pinky Robinson, Bello Román, Nick-Boy, Pepe el Tranquilo, Nicasio Beltrán y Epaminondas Jay Long) han decidido irse de aventuras en el barco El Pañamán, en un viaje que los lleve hacia las costas colombianas. Es entonces cuando comienzan a aparecer los elementos maravillosos. Nicasio Beltrán mata un alcatraz, provocando la magia funesta. Es como si el solo hecho de acercarse al lugar de donde provienen los pañamanes, trajera la desgracia: “—Y matar un alcatraz ocasiona treinta años de mala suerte” (45). “Leyenda negra aceptada por el muchacho como un fardo liviano, asesino como era de un alcatraz y depositario de treinta años de mala suerte” (136). Ese acto involuntario de Nicasio Beltrán genera una vuelta de tuerca en la vida de los tinieblos y las islas. Llegados a la aldea continental, conocen a la bella y montaraz Sabina Galende. Esta deja plantado en la iglesia a Astolfo Fernández (“Ni de fundas” (33), contesta al cura cuando éste le pregunta si acepta por esposo al hijo del gamonal Catalino Fernández) y, para librarse de posibles represalias, se va a refugiar al barco de los tinieblos. Al verla llegar, traída por Nicasio Beltrán: “—¡Maldita sea…! —exclamó Gregorio Saldaña al cederle su litera a la intrusa en El Pañamán—. Nos cayó el piojo. Y ninguna desgracia viene sola” (38). La hermosa mujer, en medio de los nueve tinieblos, crea una atmósfera de inquietante deseo, sobre todo cuando atraída por Gregorio Saldaña, ella intenta darle a beber un brebaje de amor que termina siendo consumido por Nicasio Beltrán y por Nicholas Barnard Lever. “El mismo Nick-Boy, quien parecía carecer de sentimientos, luchaba por conservar los restos de un alma que se desmoronaba como un castillo de arena ante el atractivo huracanado de la intrusa” (38).
Esta herejía de contactar con la costa continental y llevar a la isla a una paña (la bella Sabina Galende), es una especie de revisión invertida de la historia del pañamán, leyenda central que resume las tensiones de las relaciones humanas entre la isla y el continente. Se cuenta que un Spanish man llegado a la isla como náufrago, se enamoró de una joven raizal, a quien irresponsablemente embarazó, razón por la cual fue “cazado como una comadreja y colgado para escarmiento de los huéspedes ingratos” (21-22), generándose a partir de allí la causa arquetípica para que los pañamanes fueran rechazados y los raizales sufrieran siempre una desgracia si entraban en contacto amoroso con un continental.
En realidad, los tinieblos viven una especie de mentalidad anfibia o ambivalente frente a la declaratoria de puerto libre. Por un lado, la defienden: “Y con auténtica presunción se consideraban aludidos cuando el gobierno y la prensa capitalina desataban periódicas campañas destinadas a suprimir el Decreto-Ley que convirtiera la isla en «Puerto libre», paraíso sin impuestos, carga permanente para el fisco nacional” (21), pero, por otro, como lo reconoce el propio Goyo Saldaña, aquel “oasis de placer” estallaría en “física mierda” (20).

Después de soplar incesantemente la noche anterior, el viento se había transformado en pesada quietud saturada de letrina. El aire era irrespirable porque bajo la tierra exuberante y el espacio robado al mar desecando los pantanos, bajo los modernísimos edificios de concreto y las románticas casas de madera de pino machihembrado —pintadas en vivos colores— al estilo arquitectónico de las Indias Occidentales, se retorcía una subterránea multiplicación de pozos asépticos. Justamente. Ese mar tantas veces pintado por Nicasio Beltrán, al cual ágiles periodistas bautizaran como «el más hermoso del mundo», era el mismo mar en donde concluían los desagües de todos los hoteles de la playa, a una hora puntual del amanecer, antes de que los turistas se zambulleran festivos en sus olas (20)[10].
Hay que entender que dentro de los pañamanes habitantes de la islas, se dan tres modalidades. En primer lugar, los pañas de origen, es decir, los nacidos en el continente y llegados a la isla por alguna razón, como es el caso de Lord Caca (Ignacio Gálvez Bedout), quien dejó abandonada en la capital la dirección de “Beautiful People” —una prestigiosa empresa dedicada a la moda—, “un pañamán de última hora” que “Había aparecido en la isla cuando El Puerto Libre ningún beneficio podía aportar a los continentales que no contaran con un saneado capital, probablemente escondiéndose de turbias fechorías juveniles” (120). En segundo lugar, aparecen los pañas nacidos en la isla pero descendientes de un padre o una madre o ambos continentales, como Goyo Saldaña, y en tercer lugar, los pañas por convencimiento, como el caso de Nick-Boy, quien siendo un raizal auténtico y adventista practicante y convencido, fue iniciado por los otros tinieblos en los placeres del puerto libre y terminó abrazando la causa paña.
Alrededor de la historia del pañamán, giran todas los demás mitos, leyendas e imaginarios que buscan proteger y mantener la identidad de los raizales pero al mismo tiempo mostrar el fatal contacto con los continentales. Así, el brebaje consumido por Nicasio Beltrán lo hará un permanente enamorado de Sabina Galende, a quien se lleva a vivir a El Arenal o zona negra de la isla. La poción es así una especie de símbolo de la unión inevitable entre isla y continente. Una vez en la isla, Sabina y su madre Celmira ejercen una fuerte atracción entre las mujeres de El Arenal, a donde las llevó a vivir Nicasio Beltrán. Practicante de brujerías al igual que su madre, Sabina aprende rápido de sus vecinas “las propiedades mágicas del something, a temer la presencia invisible de los dupys, a fabricar muñequitos de cera para deshacerse de los enemigos, a machacar el caracol” (48). Igual que en su contacto con el continente, la relación de los isleños con Sabina Galende es ambigua, de atracción y de miedo, de amor y de odio. Desde un comienzo, ella se revela como la mujer devoradora, la hembra dominadora, una Circe continental que controla la voluntad de los hombres y los instintos de los animales. Cuando están con ella en el barco, los tinieblos son embrujados, como los marineros de Ulises, por su sensual presencia, así, Goyo Saldaña “Había llegado a dolorosas conclusiones: una enfermedad contagiosa minaba a los muchachos, derribando sus fronteras entre el deber y la irresponsabilidad, permitiéndoles admitir como asunto normal a una hembra en el pesquero. ¡Qué descrédito para la patota!” (38).
Por supuesto, ya en la isla, rápidamente Sabina Galende hace liga con el tropel de mercancías que trae el puerto libre, hasta el punto de terminar bautizando los electrodomésticos como si fueran personas: “En pos de la Osterizer de diez revoluciones Sabina obtuvo un surtido completo de aparatos mecánicos. A los que bautizaba con agua y sal y trataba como amadas criaturas. La Bandida era el mayor, un aparato de sonido de gran potencia, que recibió tal sobrenombre porque comenzaba a tocar el viernes al anochecer y no descansaba hasta el lunes de madrugada” (57).
Uno de los momentos en clímax de la relación entre las matronas raizales y la presencia pañamán, se da precisamente entre Miss Marsita Beltrán y Sabina Galende, cuando ésta envuelve con su sensualidad a Jerónimo Beltrán, hijo, y luego a Etilio Beltrán, padre, con quien se casa, apoderándose de la casona y dejando en la calle a Miss Marsita y a sus tres hijas, Hiperdulia, Prudenciana y Perseveranda. Miss Marsita se resiste a salir de la casa: “—¡Ningún paña se atreverá a sacarme de mi casa…! En esta casa he vivido los últimos años de mi vida, di a luz a mis hijos menores, vi crecer a mi familia y fui vejada por un hijo maldito [Jerónimo Beltrán, padre de Nicasio Beltrán]. ¡Saldré de esta casa al cementerio! Comuníqueselo a Etilio Beltrán” (212). Y en efecto, Miss Marsita se encierra en una habitación, de donde la sacan muerta. Por su parte, Etilio, un paña, muere a los 78 años, llorando por la juventud de Sabina Galende.
Una de las fábulas de Nancy (Anancy), la araña, una especie de tío conejo en la narrativa de tradición oral de las islas, expone que “Cualquiera que se meta en las cosas ajenas tiene que morir”, sentencia que encierra una amenaza para los pañamanes que dejan el continente para venir de intrusos a las islas, solo que Nancy termina siendo víctima de su propia sentencia cuando se liga también a cosas ajenas (del perro y el cerdo, dos animales dométicos, tal vez pañas) y termina mal, enseñanza que aludiría a los raizales que acaban involucrándose en cosas de pañamanes. Los discursos populares de la tradición oral atraviesan la trama narrativa. Miss Lorenza Saldaña, por ejemplo, sabía de memoria todas las fábulas de Nancy y estaba formada, como la araña, en su propia ley. “Con el café de la media noche, el último tabaco, el laxante y la novena de las ánimas, Miss Lorenza había repetido tres o cuatro versiones del chisme del día. Lo que decía la gente. Lo que había pasado en verdad. Lo que se ocultaba. Lo que tardaría en salir a la luz pública. De prodigiosa memoria, era un archivo viviente” (146).
En la novela, destacado lugar ocupan precisamente las grandes matronas raizales de la isla, por ser ellas la memoria activa de la comunidad, las depositarias del saber fecundo de la vida cotidiana y la historia mítica y legendaria de la isla. No obstante ser isleñas, lideran la avanzada de establecer relaciones con el continente hasta el punto de obligar a sus padres a que les pagaran estudios en Cartagena o Bogotá. Entre otras, se destacan principalmente cuatro:

Miss Marsita Allen, una esplendorosa divinidad de avena y nácar, que realizó un sonado enlace con Etilio Beltrán, el paña más rico que jamás se vio en San Gregorio. Miss Prudence Pomare, morena, de espléndida dentadura y formas exuberantes, amante del jolgorio y de los tenientes de policía, en cuya sangre vibraba la herencia del terco francés Andrée Pomare. Miss Maule Lever, anclada durante quince años en la recepción de la Intendencia, campeona de las cantantes de himnos de la iglesia, madre ejemplar después de los cuarenta años. Y la exótica Lorenza Vallejo (148).

Don Carlos Vallejo, el padre de Miss Lorenza, se opuso a que su hija se uniera al paña médico Campo Elías Saldaña pero ella impuso su voluntad, casándose “lo mismo, sin traje de novia o bendición paterna, como si el mandato [de no ligarse a un paña] nunca hubiese existido” (157). Con ello, Lorenza retó la magia funesta del mito, que se cumplió inexorablemente años después cuando su hijo Emilio G. Saldaña, venido desde Bogotá a la isla para asistir a la posesión de su padre como Intendente, murió con su esposa en un incendio, dejando huérfano a su hijo Gregorio Saldaña, más tarde uno de los nueve tinieblos. “A Miss Lorenza le había llegado la hora de pagar. No hay don gratuito que no se pague en esta vida, dice la tradición isleña. […]. La fatalidad tenía un compromiso con ella” (157). Y es entonces cuando hace presencia otra de las magias generadas en la religión: “Sus dupys tutelares nada podían hacer. El exceso de felicidad culmina en la desgracia”. “Los dupys adversos habían comenzado a contar nudos apretados en el hilo de su vida; dones que la fatalidad atesoraba sombríamente” (157). Los dupys son fuerzas poderosas (benignas y adversas), tal vez los espíritus de los antepasados, que desde el más allá tutelan a los vivos, repartiendo gozos y desgracias, de acuerdo con los modos de existencia humana. Lo cierto es que, en Los pañamanes, los dupys se manifiestan de modo prioritario en las relaciones de raizales con pañamanes, presentándose así como defensores o protectores de la isleñidad. “Dicen las tradiciones del área del Caribe que todo hombre tiene derecho a vivir más de una vida, de acuerdo a la protección de sus dupys tutelares, pero la maldición de la mayoría de los humanos consiste en gastar su tiempo en la tierra desperdiciando una sola” (242).
El something también es un recurso mágico utilizado en la novela como medio de castigo. Rivonildo Soares Da Silva, El Caminante, era hijo de isleña y de carioca, por lo tanto, paña. Siendo “el más hermoso bailarín de su época, preferido de las mujeres, cortejado por la fortuna hasta los veinticinco años, […] “bebió something sin desconfiar; perdida la razón, vagaba por carreteras y caminos vecinales, huyendo de enemigos invisibles” (176).

Y en una isla en altamar, no podía faltar la leyenda del buque fantasma, esta vez el bajel del pirata Morgan, quien vino con sus hombres a castigar al administrador de su tesoro, el reverendo Lincoln W. Smith (adventista). En la novela, la llegada del filibustero se ubica en un día tormentoso de 1907. Se trataba de un barco con banderas de rojo escarlata que atracó en el puerto de El Cove, en medio de truenos y centellas. La madre de Miss Lorenza Saldaña vio al extraño grupo de hombres “tocados con estrafalarios sombreros y armados hasta los dientes” (180). Al día siguiente, los isleños se encontraron con “la bestial matanza perpetrada en la familia Duncan, cuyos siete miembros habían muerto decapitados en su señorial casona de La Loma” (180). Pero nadie buscó culpables pues todos sabían que la masacre era un castigo de ultratumba: “El propietario de la mansión Duncan había incurrido en la cólera de los poderes superiores, tiempo atrás, al enemistarse con los «celadores» de la fabulosa fortuna enterrada en su heredad por uno de los lugartenientes de Sir Henry Morgan” (180). A Duncan, los dupys le conceden dones (el tesoro) pero él debe realizar una contraprestación (misas, pan a los pobres, el tercio a la iglesia, acciones que intercedan por los «celadores»). Se trata de una estructura secuencial de pacto-incumplimiento-castigo. Al no cumplir Duncan con el acuerdo y llevar una vida crapulosa, el pirata Morgan y sus hombres regresan a cobrar su parte con la vida de la familia.
Escogido por sus dupys tutelares como beneficiario del tesoro, Duncan cumplió las difíciles condiciones impuestas en una serie de sueños, y en los cuales le fuera revelado el secreto codiciado por varias generaciones, convirtiéndose en un hombre poderoso de la noche a la mañana. Pero el brillo ensangrentado de las joyas, las morrocotas de oro y los ornamentos del culto católico le pudrieron el corazón. Duncan olvidó las reglas del pacto. No se dijeron misas para rescatar de la abyección a los «celadores», negó el tercio que a la iglesia correspondía, no dio una miga de pan a los pobres. Olvidó sus deberes para con Dios y los recelos hacia el diablo. Al faltar a su palabra, Duncan quedó paralítico y pasó el resto de sus días en una silla de ruedas. A cambio, vivió en la mansión más rumbosa de la época, derrochó dinero a manos llenas, crió a sus hijos en el desmedido amor al lujo y en el desprecio a sus semejantes. Una historia de orgías, de éxtasis, de sedas y violaciones, de perfume y vudú, de pasiones abominables y excesos nunca vistos en la isla. Un periodo de sadismo y desenfreno, que culminó con el regreso del fantasma de Sir Henry Morgan y su pandilla de esbirros despiadados” (180-181).
Los fantasmas del pirata Morgan y sus hombres se convierten así en instrumentos éticos de castigo sobre el reverendo Duncan, quien se salió de las normas de sana convivencia. Primero hubo la advertencia de dejarlo paralítico para que corrigiera su conducta depravada pero no hizo caso. Incluso, los sobrevivientes de la familia Duncan morirán más adelante en condiciones siniestras.
Otra leyenda incoada en la figura del pirata inglés es la de que “Siempre mueren tres en San Gregorio, desde que Sir Henry Morgan decapitó a tres de sus hombres y los sepultó con el botín cobrado a sangre y fuego en Panamá. Nadie se marcha solitario de las islas” (199).
Hay ritos de vudú, como cuando Bello Román va en busca de una bruja: “Una ceremonia de vudú se había efectuado recientemente. Aún colgaban de una palmera enana las plumas ensangrentadas de un gallo joven; se veían restos de esperma y de cenizas alrededor del tronco” (352). Así, la isla tiene en Miss Jenny Oldtree a una especie de Tiresias: “La adivina ciega de Paradise Point. A quien Bello Román nunca había visto. Ella lo sabía todo. Todo cuanto podía interesar a los habitantes de San Gregorio. Del mar del huracán de la tormenta y la sequía. Podía leer en el alma de la gente. A cambio de este don vivía en perfecta ceguera. Sus ojos eran los ojos del porvenir” (353).
Al final de la novela, sabemos —por un telegrama que dirige Tadeo Román IV, gobernador de San Gregorio y Fortuna, a Valentina Saldaña, residente en Bogotá y bisnieta de Gregorio Saldaña, desaparecido en altamar, a la edad de 107 años, mientras pescaba—, que la única copia del archivo personal del tinieblo ha sido sustraída junto con las joyas, por ladrones que violentaron la caja fuerte. Esta desaparición de los documentos, al dejar la historia sin testimonios escritos, al vaivén del múltiple y cambiante rumor de la tradición oral, instaura el inicio del mito y la leyenda con los que los isleños raizales intentarán contener la contaminación cultural de los pañamanes.

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ORTIZ, Fernando. Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar. Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1987.
RODRÍGUEZ NAVARRO, G. E.; SERGE DE LA OSSA, M. R.; REY SINNING, E (compiladores). Mapa Cultural del Caribe Colombiano: La unidad en la diversidad. Santa Marta, CORPES, 1993.
[1] Con una elevación máxima de 55 metros, el archipiélago tiene una extensión de 349.800 kilómetros cuadrados de mar, pero el territorio departamental solo alcanza 44.000 kilómetros cuadrados, y ha sido clasificado por las Naciones Unidas como Reserva Mundial de la Biosfera.
[2] Para este trabajo, se utiliza la edición: BUITRAGO, Fanny. Los pañamanes. Barcelona, Plaza y Janés, 1979. De 415 páginas, la novela aparece estructurada en 16 apartados o capítulos que contienen narraciones extra-héterodiegéticas con voces contenidas o intra-homodiegéticas en forma de diálogos, además de numerosos documentos (en la ficción, depositados en la notaría 1A del Circuito de San Gregorio y Fortuna y pertenecientes al archivo del desaparecido Gregorio Saldaña, uno de los nueve tinieblos pañamanes) que buscan darle a la narración un carácter de novela-archivo, como llama Roberto González Echevarría a este tipo de organización discursiva, aunque en el caso de Los pañamanes, se trate de un archivo apócrifo o fingido. Entre los documentos, cuyo objeto es perfilar la novela como un relato enraizado en la realidad y la historia, figuran cartas, telegramas, fragmentos de diarios, cuadros estadísticos de censos, oraciones y conjuros, recetas de cocina isleña, noticias, poemas, canciones, fábulas, notificaciones, actas notariales, edictos, facturas, inventarios, horóscopos… Dice González Echevarría que “al no tener forma propia, la novela generalmente asume la de un documento dado, al que se le ha otorgado la capacidad de vehicular la «verdad» —es decir, el poder— en momentos determinados de la historia. La novela, o lo que se ha llamado novela en diversas épocas, imita tales documentos para así poner de manifiesto el convencionalismo de estos, su sujeción a estrategias de engendramiento textual similares a las que gobiernan el texto literario, que a su vez reflejan las reglas del lenguaje mismo” (2000: 32).
[3] La autora es colombiana caribeña, nacida en el departamento del Atlántico, en 1945. Ha escrito, además, las novelas El hostigante verano de los dioses (1963), Cola de zorro (1970), Los fusilados de ayer (1987), Señora de la miel (1993), Bello animal (2002). Tiene los libros de cuentos o relatos: La otra gente (1973), Bahía sonora (1975), Los amores de Afrodita (1983), Líbranos de todo mal (1989), Los encantamientos (2003), Las distancias doradas, y las obras de teatro: El hombre de paja (1964), Final del Ave María (1991). Ha cultivado también la literatura infantil: La casa del abuelo (1979), La casa del arco iris (1986), Cartas del palomar (1988), La casa del verde doncel (1990). Su obra ha sido traducida parcialmente al francés, inglés, portugués, griego, árabe, holandés, italiano y alemán.
[4] Mediante la declaratoria de puerto libre de comercio, realizada por decreto expedido en 1953, durante el gobierno militar del General Gustavo Rojas Pinilla, se les permitió a los turistas colombianos un cupo exento de aranceles para los artículos extranjeros que compraran en las islas. Igualmente ordenó la construcción del aeropuerto. Luego, la Ley 127 de 1959 confirmó la apertura del Puerto Libre. Más adelante, durante el gobierno de César Gaviria (1990-1994), se da fin al modelo proteccionista que convertía a la isla en una excepción arancelaria.
[5] La declaratoria de puerto libre trajo consigo un aumento demográfico nunca vivido antes en las islas. De acuerdo con distintos censos, de 3.705 habitantes en 1951, dos años antes de la apertura arancelaria, se pasó a 14.413 en 1964, a 56.361 en 1993, a 69.376 en 2002, y en estos momentos (2006), a pesar de que ya no es puerto libre, se acerca a 100.000 habitantes.
[6] La investigadora Isabel Clemente ha señalado tres periodos fundamentales en la historia económica de las islas: la época de las exportaciones de algodón, de 1620 a 1853; el siglo de las exportaciones de coco, de 1853 a 1953; y el puerto libre, a partir de 1953, con el turismo y el comercio como principales actividades económicas.
[7] Según el Mapa Cultural (1993: 151-153), primero está la población raizal, de religión protestante, tradición anglo-norteamericana y ascendencia africana con influencia miskita, europea y oriental (China y Java), que se erige sobre un sistema de estratificación social establecido por el prestigio, las relaciones de parentesco, la pigmentación (entre más negros más prestigio) y el acabado de la vivienda. Ocupan Providencia, Santa Catalina y en San Andrés tienen asentamiento en San Luis, el Cove, Sound Bay y La Loma, siendo desplazados por el desarrollo turístico de los caleños. En segundo lugar, están los continentales, pañas, en los que predomina el elemento mulato, procedente de los departamentos del Atlántico, Bolívar, y los de ascendencia mestiza, criolla colombiana (blancos o blancos con indios) venidos del viejo Caldas. Ocupan el North End, son grupos de estrato socioeconómico bajo que emigraron de sus tierras al archipiélago en busca de mejores condiciones de vida, como comerciantes en pequeña escala (cacharrería de contrabando) o siguiendo las promesas de políticos y empresarios necesitados de mano de obra barata. Y en tercer lugar, los sirio-libaneses desplazados generalmente desde el continente colombiano, donde ya estaban establecidos, atrayendo nuevos paisanos desde sus países de origen. Este grupo concentra un gran poder económico-político y constituye una comunidad sumamente cerrada. Viven en el North End.
[8] A partir del concepto de identidad que desarrolla la novela Los panamañes, concluye Benítez Rojo para la totalidad del Caribe: “Todo caribeño, al final de cualquier intento de llegar a los orígenes de su cultura, se verá en una playa desierta, solo y desnudo, emergiendo del agua salada como un náufrago tembloroso —The Spanish man—, sin otro documento de identidad que la memoria incierta y turbulenta inscrita en las cicatrices, en los tatuajes y en el color mismo de su piel. En última instancia todo caribeño es un exiliado de su propio mito y de su propia historia; también de su propia cultura y de su propio Ser y Estar en el mundo. Es, simplemente, un pañamán” (1998: 258).
[9] Hablando de Cuba [y ello es aplicable a todos los pueblos del Caribe], don Fernando Ortiz dice: “Hemos escogido el vocablo transculturación para expresar los variados fenómenos que se originan en Cuba por las complejísimas transmutaciones de culturas que aquí se verifican, sin conocer las cuales es imposible entender la evolución del pueblo cubano, así en lo económico como en lo institucional, jurídico, ético, religioso, artístico, lingüístico, psicológico, sexual y en los demás aspectos de su vida” (93).
[10] En la realidad de las islas, la multitud de turistas llegados en cantidad de 50.000 cada año, gracias sobre todo a la construcción del aeropuerto, e igualmente los continentales que vinieron en busca de trabajo de todo tipo, desde albañilería hasta cocina y labores domésticas, elevaron la generación de basura y aguas negras que, dados el incorrecto tratamiento y la pequeñez de la isla, contaminaban las playas y el mar de siete colores, afectando la tradicional sanidad ecológica. La falta de tierra se volvió un problema hasta el punto de obligar al gobierno nacional a tomar medidas que redujeran la inmigración. Los nativos o raizales se vieron desplazados pues vendieron sus tierras de ubicación playera a los pañamanes que avivatamente percibieron el gran negocio del comercio y el turismo.

Ensayo

Nora Carbonell
Fugacidad y el esplendor en la poesía de Meira Delmar

Introducción

Meira Delmar partió en su último viaje de la manera como había vivido, discreta y levemente: “Entonces yo me iré. Tan vagamente como se va un camino me iré”. Nos dejó sus versos de singular tono clásico y esplendente como joyas en el contexto actual, donde prevalecen las modas poéticas de aburrido color; sus versos sin laberintos estilísticos ni discursos desesperados, su poesía con la fluidez de un río y la impetuosa insistencia de “su mar”.
Meira ejerció para sus contemporáneos, el mayor de los magisterios: el de su maravillosa finura de espíritu. Fue generosa ante el aprendiz que le mostraba sus tímidos versos, veraz ante el escritor con erradas presunciones. Siempre tuvo para todos, lo mejor de sí: su amistad sin límites, una palabra amorosa, un apunte gracioso, una mano extendida, una frase genial, un preciado recuerdo.
“El tiempo es redondo y atormenta” escribió el poeta Eugenio Montejo. Vivimos a merced del tiempo, elemento cosmológico que determina nuestras estaciones vitales, cierra nuestros ciclos y juega con nuestros planes. Cuando quiere o cuando debe, Él se lleva a los que nunca deberían irse, a los seres que desearíamos tener para siempre. Se llevó a Meira y nos dejó a nosotros para otra ocasión, nos dejó huérfanos de su presencia, pero inmersos hasta el asombro en su profunda filosofía del Amor y la Palabra.

Fugacidad y esplendor en la poesía de Meira Delmar
Con frecuencia me pregunto qué puede agregar un análisis, más o menos entusiasta a ese orden o desorden de palabra y silencio, de claridad y misterio que brinda la poesía cuando es poesía. Ya lo dijo Octavio Paz: “El poema se cumple a expensas del poeta”. O sea, que ni siquiera la intención del autor prevalece contra su designio autónomo. Por ello, estos apuntes sólo pretenden ser el itinerario de mi acercamiento particular a la poesía de Mera Delmar, notas de lectura de unos versos celebrados por grandes críticos…
Meira, la muchacha eterna y encantada, no requiere presentación. Además como dijo el inolvidable crítico y profesor de arte, Campo Elías Romero – quien debe estar haciendo sonreír a los ángeles-, al iniciar un homenaje organizado por el Centro Artístico de Barranquilla en el año 1.985: “Presentar a Meira (…) quién podría ser capaz –yo me pregunto- de presentar al mar, inaugurar la rosa o describir cabalmente la melancolía?”
Basta con recordar valiosos testimonios que respaldan el prestigio de Meira, en Colombia y en América; no desde ahora sino desde los inicios de su trabajo poético, cuando aún era adolescente. Estas voces autorizadas deben inaugurar mis tímidas apreciaciones.
En 1.942, al aparecer su primer libro: ALBA DE OLVIDO, la universal Juana de Ibarbourou había vaticinado a la joven poetisa: “…si no se deja copar por las cosas de la vida, si le es fiel a la poesía, será usted uno de los grandes valores líricos de su patria y de América”. Es de anotar que en el año 1.992 fue reeditado este libro, dentro de la colección Clásicos costeños que el Museo Romántico de Barranquilla editó como homenaje a la obra de importantes escritores de nuestra región.
En 1.944, el escritor ecuatoriano Benjamín Carrión, escribía un elogioso comentario sobre SITIO DEL AMOR- segundo libro de Meira- en la revista CASA DE LA CULTURA ECUATORIANA, del cual cito el siguiente aparte: “En una hora de estremecido júbilo, puedo traer a América esta anunciación: nos ha nacido una nueva, una gran poetisa. Se llama en verdad, Meira Delmar? (…) Esta voz de mujer colombiana , en trance de poesía, es una bella, una delgada, una diáfana voz. Toda interpretación la opacaría”.
Gregorio Castañeda Aragón, escribiendo desde Belén de Pará en Brasil, se expresaba de los poemas de VERDAD DEL SUEÑO, publicado en 1.946, de la siguiente manera:: “Ésta de Meira es una poesía (…) de mujer, sin arrebatos, de castas dulcelumbres entonadas en una lengua joven, no tallada en celestiales piedras, sino en el verde móvil del árbol que canta como en los cuentos”.
El 20 de junio de 1.951, Gabriel García Márquez dedicó su columna La jirafa, de el periódico EL HERALDO, a comentar la aparición de SECRETA ISLA, el cuarto libro de Meira y puntualizaba: “Deseo llamar la atención a los lectores de SECRETA ISLA sobre la diafanidad verbal, la nobleza de las palabras con que la poeta entrega su estremecimiento interior. A quienes seguimos, desde la publicación de ALBA DE OLVIDO, hace 10 años, la trayectoria de esta exquisita y a un tiempo, fuerte escritora, nos corresponde advertir la casi verticalidad con que progresa la gráfica de su dominio idiomático”.
REENCUENTRO, en 1.981 y LAUD MEMORIOSO en 1.995, recibieron emocionados comentarios de las más destacadas personalidades de Colombia y el mundo. Cada uno expresó su visión particular sobre el trabajo poético de nuestra excelsa poetisa.
Luego apareció su libro ALGUIEN PASA en 1.998 con 22 bellísimos haikús entre otros memorables poemas como Carta a un poeta, dedicado a Raúl Gómez Jattin, in memoria, y en el año 2.003, ediciones Uninorte publicó una antología con la obra completa de Meira Del Mar, en verso y en prosa. En esta obra, los editores: María Mercedes Jaramillo, Betty Osorio y Ariel Castillo recogen comentarios sobre la trayectoria poética de Meira y le hacen un homenaje a su labor poética.
¿Qué puedo agregar, como lectora, a estas voces autorizadas? ¿Qué puedo expresar que no haya sido escrito o sugerido?
Me parece- es mi visión, mi asombro, mi estremecimiento- que todos sus libros constituyen un unitario y secuencial poema. El resumen de los acontecimientos de su patria interior, de la cual sólo podemos percibir las siluetas, como las altas murallas que se adivinan refulgentes, pero infranqueables detrás de la bruma. Un universo hundido en el ensueño y que se muestra en la “relampagueante intermitencia de sus versos”, según frase de ADEL LÓPEZ GÓMEZ.
La poetisa construyó ese país particular, del cual avistamos los maravillosos contornos, partiendo de la contemplación ávida del gran exterior: el mar, su mar, la naturaleza, lo cotidiano y la gente; pero sobre todo de las experiencias interiores que son el cedazo por donde pasa lo colectivo para adquirir sentido en cada persona, relámpagos con los que se ilumina la vida, el humano viaje. Rilke aconsejaba al joven Capuz que ante todo se afincara en su interioridad para encontrar la poesía. La experiencia interior es la fuente del conocimiento profundo de sí mismo y de los otros. Ensoñación, meditación, oración, reflexión, pausada observación; en suma, capacidad de mirada interior que se convierte en mirada múltiple.
Creo que son las experiencias interiores, las más importantes en la poesía de Meira, comenzando por la del SILENCIO. De esto saben mucho los místicos, Sor Juana, Fray Luis, Santa Teresa…algo Rimbaud. La experiencia del vacío total, despejarse de las vestiduras internas y deambular por las moradas del espíritu sin dejar ningún testimonio del viaje, sólo silencio, esa música sin partituras ni instrumentos.
Y en ese país interior de Meira, la experiencia del AMOR, pasajero y eterno, como sólo pueden serlo los grandes amores. Amor que se vuelve presencial en la ausencia y marca toda su poesía.
Y la conciencia clara y valiente de la MUERTE como horizonte inevitable. Desde “OLVIDO”, poema con el que inicia su primer libro ya le canta a la muerte, casi retándola: “Ha de pasar la vida. Ha de llegar la muerte//. He de quedar tendida bajo la tierra, inerte //insensible, callada, como estatua de cera// que al romperse enredazos abandonada fuera//…” Sobre el tema de la muerte tendremos que volver más adelante.
Y la SOLEDAD, apetecida en su libro SECRETA ISLA cuando la llama “Habitadora clara de mi ciudad secreta” y que se va devastada por la llegada del amor.
Y el TIEMPO que huye y que encuentro ligado a las múltiples imágenes de luz y color en la poesía de Meira. Según Gilbert Durand en su libro “Las estructuras antropológicas de lo imaginario”, al símbolo del tiempo fugitivo, podría oponérsele el simbolismo simétrico de la huida ante el mismo tiempo o de la victoria sobre el destino y sobre la muerte. Porque las figuraciones del tiempo fugaz no son más que excitaciones al conjuro, invitación imaginaria a emprender una salida por mediación de la imagen. Visionar el tiempo bajo su aspecto ininteligible es someterlo a una posibilidad de exorcismo mediante las imágenes de la luz. La imaginación atrae el tiempo al terreno en que puede vencerlo con toda facilidad. Toda anunciación de peligro, en la representación lo minimiza. Frente al tiempo fugaz que arrasa con el amor y con la vida, la luminosidad que lo conjura. Contra la fugacidad, el esplendor.
Los azules brillantes, las figuras del mar, la rosa, los árboles, el alba, el crepúsculo, “la danza de colores del verano”, “los pájaros, las nubes y el cielo siempre huyendo” entre muchas otras, constituyen el rastro de la intimidad de esta poesía. Son la luz que aparece al anverso de la fugacidad y ésta a su vez disuelve los objetos, hace perder a los contornos sus líneas precisas, borra lo pintoresco en beneficio del esplendor.
ALBA DE OLVIDO, por ejemplo, es un canto al amor huidizo y habla de la vida como de “una barca que cruza mares hondos; llevando en sus velas, el crujido sordo de las cosas que se rompen”. El viento –sublimación de lo majestuoso- como presencia persistente, es la levedad aérea que hace que el amor se presienta como la ráfaga que llega y se va…quedando sólo el silencio…”Un tremendo silencio! Y la sombra de Dios” En este poemario, el tiempo que pasa inexorable hace que la hablante lírica exclame:
“Ay! Qué se detenga el tiempo
Ahora que somos dueños
Del tesoro milagroso de los sueños!
Ay! Que se detenga el tiempo
Ahora que está el amor
Como un repique de fiesta
Cantando en mi corazón…!
Es en SITIO DEL AMOR, donde la dualidad fugacidad- esplendor se vuelve designio del excepcional sentimiento. La poesía, forma de lo inexpresable, nombra el rostro intangible del amado y su presencia- ausencia en el recuerdo, “más allá de la emoción, del silencio y del misterio”; detrás del viento, de la rosa, de lo ascendente y lo evanescente. “Es un amor en fuga – escribió Ignacio Reyes Posada, en comentario a este libro- Es la ausencia de lo que pudo ser. Aún en aquel sendero que conduce a la entrega, su voz encuentra una ruta de elevación. Y viene a situarse en frente del recuerdo: ¿Cómo será la ausencia, cómo el no ser, cómo el olvido? Es la angustia nueva que viene a darle la clave de la fuga”.
En las canciones, romances y sonetos de SITIO DEL AMOR; junto a la sutileza de lo pasajero, el esplendor se materializa en la plenitud del espacio, en el mar multiforme – símbolo de la inmensidad íntima-, en la tarde que se desvanece en un instante magnífico y en las tonalidades que definen muchos versos. Según Goldstein y Rosenthal, citados por Gilbert Durand en el libro que mencioné anteriormente, el azul actúa en el sentido de “un alejamiento de la excitación, de un acercamiento al reposo y a la tranquilidad; y el dorado, es representativo de la espiritualización”.
VERDAD DEL SUEÑO se divide en dos partes: “Sonetos de amor y alabanzas” y “La comarca delirante”. En ambas se reafirma la esencialidad de la poesía de Meira: con los acentos primordiales de lo entrañable y lo extenso, vuelve a cantar el misterioso sentido de la nostalgia. En esa comarca donde el ensueño es la atmósfera en la que se mueven sus fantasmas, la poetisa siente el asombro de lo fugitivo, de lo irremediablemente pasajero y esa certidumbre se hace cada vez más intensa, aunque ella sepa que hay “una desolada ciudad donde no muere lo perdido”.
El carácter de lo esplendente toma fuerza en este libro. Son abundantes las imágenes alusivas a la transparencia, al cristal, a la tarde dorada: “El cielo es de cristal y melodía// y a su dulce comarca llega el día con un paso de niño iluminado”// . “Estoy , amor, en ti y en el dorado desvelo de tu clima deleitoso”. “El viento es otra vez un manso río de jazmines abiertos.”
Los sonetos de amor y alabanza contenidos en VERDAD DEL SUEÑO, cantan al paisaje como al estallido de un instante que se desborda y lo recóndito en las leves cosas, establece una lejanía deliberada: ni el mar demasiado real, ni la tierra demasiado tierra: “Los árboles, en el temblor del agua, parecen esfumados, huidizos, cada vez más distantes como un paisaje que se ahogara lentamente”. “La veo pasar – la lluvia- ahora, en un ir y venir de música que se lleva sin sentirlo, el cuerpo leve de los sueños en el atardecer de este julio melancólico”.
SECRETA ISLA, cuarto libro, publicado en 1.951, apareció con cinco partituras para piano del maestro Pedro Biava. Los poemas musicalizados fueron: Secreta isla, Canto desolado, Raíz antigua, Los días del verano y Fuga. Años más tarde, la Orquesta Filarmónica los unió en forma de poema sinfónico y los interpretó en el teatro de Bellas Artes, pero nunca quedó registro de esta interpretación.
En el poema SECRETA ISLA, que da nombre al libro, el viento leve que pasa, eterniza un momento inconcluso, de aliento contenido, de mirada que hace abstracción de lo circundante. El paisaje desaparece alrededor de los amantes, cuando no es también símbolo de lo lejano y la huída: “golondrinas transitorias”, “Lejos, el pino se hace cada vez más hondo, de música distante”, “En vano están los pájaros, las nubes y el cielo, siempre huyendo hacia el ocaso”.
Y también la fuga, elemento proveniente del romanticismo alemán, como manifestación de la angustia frente a la existencia y retomado en la vanguardia por algunos autores, aparece no sólo en SECRETA ISLA, sino en los libros anteriores y la cito con predilección, pensando en que la poesía, de hecho es una forma de evasión, la única forma de la nostalgia, con su sentido de la orfandad, de búsqueda de algo, llámese Dios, divinidad, energía o materia y resaltando así un profundo sentido religioso.
Entre 1.962 y 1.981, aparecen tres antologías de la poesía de Meira: una, bilingüe- español- italiano, publicada por la Editorial Maía de Sierra; otra titulada Huésped sin sombra, Antología del Instituto Colombiano de Cultura Hispánica y una tercera, que contiene los cuatro primeros libros.
En REENCUENTRO el tema de la muerte, toma fuerza; pero no ya en el tono retador de sus poemas de adolescencia, sino con acento diferente: con desolación, pero sin derrota; con dolor de despedida pero sin la angustia del naufragio :”Nada deja mi paso por la tierra.// En el momento del callado viaje, // he de llevar lo que al nacer me traje:// el rostro en paz y el corazón en guerra.//” Y también la otra muerte, la que convierte la vida en “un dejarse ir” junto a la sombra fluyente del amado.
El mismo tema aparece en LAÚD MEMORIOSO, en cuya primera parte titulada Presencia y Ausencia del Amor, notamos que los instantes, la sombra y el vuelo, la brevedad de la estación en esta patria de la vida, nos recuerda siempre la sutil finitud de nuestra existencia, la inevitable cita con la jardinera de los camposantos, pero la poeta lo hace sin dramatismo y con claridad reveladora. La segunda parte de LAÚD MEMORIOSO, titulado El mar cambió de nombre, con poemas como Ofelia, Dafne, Narciso, el unicornio y otros personajes de la flameante orilla de la mitología y que remata con las diminutas Casidas como la que dice: “Relampaguea, huyendo, la palabra”.
Y concluyo, en medio de la fugacidad de este instante, con el esplendor de un verso de Meira que dice: “Este día con aire de paloma, será después recuerdo”. Y ese recuerdo, pienso, tendrá un nombre: MEIRA DELMAR, poeta única y ser humano incomparable que siempre será nuestra inspiración y modelo

Conferencia

Fadir Delgado Acosta
La literatura como posibilidad ciudadana

Se sabe que el ejercicio de la literatura es una actividad solitaria, ya lo dijo Marguerite Duras, es de los pocos oficios que difícilmente se puede hacer a dúo. Desde el escenario de esta soledad ¿cómo se podría abarcar la literatura en un contexto colectivo? Debe entenderse entonces que ésta a pesar de concebirse a partir de la palabra solitaria revela otros territorios, cosmovisiones, rasgos emocionales que se redimen a partir de la imagen y la metáfora, y es la libertad el signo que traza con más acento la literatura; y todo noble quehacer político toma el derecho de la autodeterminación como una necesidad fundamental del individuo y la sociedad.
Esa búsqueda de la autoderminación es una de las tantas posibilidades que ofrece el ejercicio literario, desde la creación, hasta la lectura. Es una posibilidad del asombro, jamás una posibilidad de respuestas pues la idea no es concebir la literatura como una diosa salvadora, o como una heroína de comics, no. En ella no se hallan soluciones a las fatalidades humanas, solo se encuentran preguntas, y hoy, precisamente la gente no se cuestiona, no se inmuta, no se asombra. No mira más allá de las formas, ya sea por pura pereza o por miedo: miedo a ser, y como dice Rober Frost: «miedo a detenerse porque eso los compromete y los poderosos se apoderan de ese miedo.»
Habría que decir también que el poder no sólo se aprovecha de ese miedo, también lo alimenta y lo provoca. Y ese miedo es el otro frente que nos acompaña, el otro frente que nos lleva ventaja, que nos arrastra a no pensar en el otro, a la decidía colectiva; que nos arrastra a una soledad egoísta y mezquina que nada tiene que ver con el derecho de cada individuo a poseer un lugar intimo y propio para revelarse, para encontrarse: derecho implícito en el territorio de la literatura.
La creación escrita es una posibilidad de rescate y lo más urgente para rescatar es la condición humana, la cual no traduce hacer uno que otro raciocinio, caminar, o hablar, sino un compromiso mucho más complejo que significa no pensarnos desde lo individual sino desde lo colectivo; para ello debemos reconocer que existe el otro, que existimos, que podemos comenzar a imaginarnos y a pensarnos juntos.
Es así como el universo de la escritura a través de sus propios tejidos nos cuenta otros contextos, nos reinventa otros escenarios a partir de una realidad que se distancia de aquella que se muestra en la seudo-literatura o en los espectáculos mediáticos que comercializan la tragedia, reduciéndola a un vulgar y banal melodrama.
La literatura en su esencia más autentica rueda las cortinas de las múltiples formas de ver, de combatir el discurso lineal. Al invitar a otras formas de pensar crea a través de sus mundos propios personas críticas que tienen la obligación moral de detenerse, de no quedarse con la página, sino reconstruir su propia mirada. Dice Gaston Bacherlard « En el momento en que el lector abandona el libro es cuando la evocación de quien escribe….] puede convertirse en umbral de onirismo para los demás». Es decir, la literatura no experimenta su estado más vital cuando se lee sino cuando se abandona para interpretarse… para vivirse. Ella rescata y redescubre los rasgos más fundamentales del ser humano. Es en sí una experiencia de libertad, de ser, de pensar por nosotros mismos. Al rescatar esos rasgos de alguna u otra forma se convierte en una experiencia que nos recuerda como seres capaces del lenguaje[1], que nos recuerda el otro, que reconstruye los espacios y humaniza los no lugares[2], esos lugares donde la gente está y no está.
Esos no lugares invisibilizan al ciudadano y lo alejan de su condición humana, de su identidad y del sentir, que está en vía de extinción como la misma capacidad del asombro.
La ciudadanía es un concepto político que involucra prácticas que no sólo se reducen a la llamada fiesta electoral o al hecho de haber nacido en un Estado- nación. En ese contexto la ciudadanía tiene múltiples formas de exteriorizarse, es así como se habla de ciudadanía social, política y cultural, pero básicamente el ciudadano debería ser ese que es capaz de asumir una conciencia propia y soberana e insertarla a prácticas colectivas, no desde los rasgos de la imposición sino desde el lenguaje de la convivencia. Es decir, un ciudadano consciente de sus derechos y deberes que no sólo se piense a sí mismo sino que busque pensar por sí mismo a los otros y de esta forma reconocer que existen los otros.
En esa medida la literatura como toda experiencia de creación remueve esos tejidos sensibles que se llevan dentro, atados muchas veces por discursos que homogenizan e idiotizan. Es una experiencia que despierta, invita a vernos desde otras estéticas y sobre todo nos recuerda que debemos sacar de las leyes del Estado el concepto del ciudadano, y llevarlo al escenario de la condición humana, al escenario de ese ser que se asombra, que siente, que se solidariza, que es capaz de la sensibilidad, de concebirse como un ser de lenguaje y de símbolos, capaz de dialogar con la diversidad.
No es cuestión de reducir la literatura al concepto de utilidad y encasillarla en el para qué sirve. En estos tiempos todo se mide por lo que es útil o no. Además es penoso reducir el ejercicio creativo de la escritura al capricho de cualquier costumbre o concepción social. Entonces el asunto no es de qué servirá sino cómo podemos ser a partir de ella. Y es allí donde la forma de concebirla y la forma de leerla juegan un papel importante. Cipriano Algor en la Caverna de Saramago, dice: «hay quien pasa la vida leyendo sin conseguir ir más allá de la lectura, se quedan pegados a la página, no entienden que la palabras son sólo piedras puestas atravesando la corriente de un río, si están allí es para que podamos llegar a la otra margen, la otra margen es lo que importa».
Llegar a la otra orilla significa alejar la lectura literaria de cualquier método que quiera sojuzgarla, mecanizarla y convertirla en acción prácticamente robotizada. La cuestión entonces no está en cuántos textos tenemos, cuántos hemos leído, sino cuántos hemos, realmente, vivido. Es también esa otra orilla una alternativa de lenguaje que nos llama a reconocernos, a mirarnos, a leernos por dentro y a descifrarnos. A través de ese lenguaje la otra orilla reinventa modos de comunicación, de diálogos, que al mismo tiempo son sin duda, alternativas para desdibujar el conflicto y la violencia; modos de lenguajes que generan desde la sensibilidad nuevas prácticas ciudadanas.
Es en este contexto donde el territorio literario se convierte en una posibilidad de resistencia, de nombrarnos desde los signos de la imagen, no por ser un escenario de perfección, lo cual además de ser aburrido podría ser peligroso, sino por significar la vida misma. Rober Frost dijo: «en cada línea, en cada frase está escondida la posibilidad de fracasar. Y así es la vida en cada momento podemos perderla, en cada momento hay un riesgo mortal y cada instante es una elección». Esa posibilidad de fracasar no sólo la padece quien escribe sino quien lee: la incertidumbre se apodera tanto del autor como del lector. En esas dos esferas literarias siempre aguarda el vértigo, el asombro, sensaciones de pérdida, ansiedades de recomenzar, de terminar, de decir algo o simplemente de hacer silencio.
Muchos escritores han afirmado que sin las obras Homero el pueblo griego no sería lo que fue. Sin duda las obras de muchos escritores han marcado las formas y los modos de pensar de ciertas sociedades, han fundado comportamientos y en esa medida alternativas de construcción ciudadana u otras miradas distintas de la realidad. Es así como en la historia El incendio de la Biblioteca de Alejandría de Jean-Pierre Lumiet le dice Filopón al guerrero que llegó con el propósito de realizar tan triste y macabra misión «Te diré que no son los escritores o los sabios quienes se ocupan de política, sino mas bien la política la que se ocupa de ellos. Y los reyes tienen más necesidad de poetas que los poetas de reyes…] si los sucesores de los tres Tolomeos hubieran leído estos versos…] tal vez Alejandría no estaría donde está hoy…”El sol al atardecer baña el mar con su sangre. Tened cuidado, príncipes, de que no se extienda hasta la aurora y ahogue así a las musas”[3]. Con este verso según Filopón se predecían las conquistas romanas y la alianza con Pergamos.»
En un país como el nuestro, donde alzar la voz es invocar la muerte, los signos se convierte en una opción para pedir auxilio, de decir lo que el lenguaje lineal tiene al alcance de los ojos y que jamás podría revelar por desidia o por simple y cruel complicidad. Es allí donde la literatura se convierte en una alternativa porque re-dignifica la condición humana, desde sus rasgos más íntimos de libertad y autodeterminación.
En esta realidad agreste como la nuestra urge el asombro, la solidaridad, la conciencia colectiva, pero sobre todo urge la persona, el ciudadano, ese que se invisibiliza por decisión propia o por caprichos de poder. ¿Dónde está ese ciudadano-humano, capaz de la sensibilidad, capaz del encuentro? Como lo dijo Octavio Paz «Los hombres modernos, incapaces de inocencia…] nacidos en una sociedad que nos hace naturalmente artificiales y que nos ha despojado de nuestra substancia humana para convertirnos en mercancías, buscamos en vano al hombre perdido, al hombre inocente.» Paz nos recuerda que «somos algo más que un instrumento, un poco más que esa sangre que se derrama para enriquecer a los poderosos o sostener a la injusticia en el poder.»
Nos han despojado de nuestra condición humana, y quienes nos sabemos despojados y día día luchamos para retenerla sabemos que esa búsqueda hay que hacerla desde adentro, desde las pausas del espíritu y ¿quién traduce esas pausas?, ¿quiénes traducen esos afanes?, sin duda las experiencias de arte, en este caso la literatura que nos anuncia y nos grita al oído que somos más que objetos y útiles de democracia barata, nos dice que somos soñadores capaces de ser el sueño, la metáfora y la imagen; capaces del asombro, de leernos y descubrirnos
[1] Término acuñado por Jürgen Habermas en la Teoría de la Acción Comunicativa.
[2] Termino de Marc Augé en su obra Los no lugares. Espacios del anonimato.
[3] Verso de Eratóstenes

Conferencia

Anastasia Espinel Souarez
El Problema del Cuento Histórico

"Cuentos de los vencidos" fue mi primer intento de penetrar en un área tan poco explorado como el cuento histórico. Actualmente la mayoría de los autores que pretende levantar la cortina de tiempo sobre algún acontecimiento del pasado, prefiere acudir al género de la novela ya que le permite realizar el viaje a través del tiempo en toda su plenitud visitando los rincones más recónditos de la antigüedad. En cambio, ¿qué es un cuento histórico? A diferencia de una novela, no puede representar el pasado como un cuadro irreprochablemente íntegro y completo; se asemeja más bien a un fresco o una estatuilla extraída por un arqueólogo de debajo de una gruesa capa de lava volcánica que había enterrado las antiguas ciudades de Pompeya y Herculano, aquellos minúsculos trozos de la época remota que aunque no pueden contar la historia completa pero sí revelan a los lectores algunos de sus momentos. Cada cuento puede ser comparado con un pequeño trozo de aquel mosaico multicolor que recubría paredes y pavimentos de las viejas casas romanas; en conjunto, se convierten en un cuadro casi tan pleno y revelador que una novela.
A medida que escribía mis Cuentos de los vencidos, publiqué algunas historias en el periódico virtual Sic en el medio y recibí numerosas críticas tanto positivas como negativas. En estas últimas se me reprobaba la ligereza, la superficialidad, el exceso de crueldad, el carácter demasiado descriptivo de la narración, la acentuación de algunos detalles secundarios en vez de los acontecimientos históricos trascendentales y, más que todo, el despiadado modo de tratar una de las civilizaciones más brillantes del mundo omitiendo deliberadamente sus numerosos aportes a la cultura universal y sacando a la luz sus aspectos más oscuros e inhumanos.
Actualmente se habla mucho sobre la grandeza y genio creador de los romanos pero también es evidente que tras la reluciente y majestuosa fachada del Imperio más poderoso de la antigüedad clásica se escondía un auténtico antro de infamia y humillación de pueblos enteros. Además, según dice Indro Montanelli en su Historia de Roma, "no hay nada más fatigoso que seguir una historia poblada de monumentos; yo mismo debí luchar contra los bostezos cuando, cayendo en la cuenta de haber olvidado todo o casi todo, quise volverla a estudiar desde el principio hasta que topé con Suetonio y con Dión Casio que, habiendo sido contemporáneos de aquellos monumentos... no alimentaban para ellos un respeto tan reverente y timorato". Entonces, pregunta el escritor italiano, ¿por qué habríamos de tener más respeto a esos personajes que el que les tuvieron los mismos romanos?
En estos cuentos, intenté dar vida a la piedra de las antiguas edificaciones romanas y a todas esas figuras de legionarios victoriosos y bárbaros derrotados que nos miran desde los frescos y bajorrelieves destinados a glorificar la grandeza de Roma a través de los siglos. Traté de ser objetiva tratando de reconstruir el ambiente de la época y revelar todo aquel dolor que debieron sentir los pueblos aplastados y humillados por Roma, dispersos en un inmenso territorio que se extendía desde los sombríos bosques de Germania hasta las arenas del Sahara y desde las costas del Océano Atlántico hasta las orillas del Eufrates. Cada uno de estos pueblos tenía su propia historia, costumbres y tradiciones; no se parecían en nada salvo en el hecho de haber sufrido toda la fuerza aplastante y destructora de la grandiosa máquina militar romana.
La conquista de cada nueva provincia procedía de un modo diferente. El Mediterráneo, la verdadera base del poder de Roma desde las Guerras Púnicas, se había convertido para los romanos en una auténtica mare nostrum y los habitantes de sus costas, en las primeras víctimas de los apetitos expansionistas de Roma. La mayoría de los reinos helenísticos de Asia Menor pasaron bajo la soberanía de Roma sin grandes contratiempos; los romanos obtuvieron la posesión de estas tierras como herencia de sus antiguos soberanos, mediante legado testamentario, desde que en el año 133 a.C. Átalo III, el último rey de Pérgamo, dejó por heredero de su reino al "Senado y pueblo de Roma". Nicomedes de Bitinia siguió su ejemplo y muchos otros reyes también; sólo el reino del Ponto, gobernado por Mitrídates Eupátor Dioniso (132 a.C. - 63 a.C.), hizo frente a los conquistadores y luchó contra Roma durante más de veinte años. Casi toda Asia Menor cayó en manos del intrépido soberano del Ponto quien tenía de su parte el odio que sentían los griegos y asiáticos contra los banqueros romanos y cobradores de impuestos que asolaban el país. Pronto la sublevación cundió también por toda Grecia ya que el antiguo espíritu democrático de Atenas aún no estaba muerto y, apenas llegadas las noticias sobre las victorias de Mitrídates, el pueblo se sublevó contra las autoridades romanas y proclamó al soberano del Ponto como libertador y defensor de la libertad helena. Aunque posteriormente Mitrídates fue derrotado por Lúculo, Sila y Pompeyo y se vio obligado a suicidarse en la lejana fortaleza de Panticapeo a orillas del mar Azov, el recuerdo del rebelde soberano del Ponto seguía perturbando la memoria de varias generaciones de los habitantes del Asia Menor incitándolos a continuar su lucha contra Roma, tal como lo hacen los personajes de los cuentos El cantar de Mitrídates, El tesoro del Ponto y La hetaira.
En cuanto a Grecia, el primer enfrentamiento de Roma con aquella brillante civilización tuvo lugar en 281 a.C., cuando el rey Pirro de Epiro, un descendiente lejano de Alejandro Magno, desembarcó con sus tropas al sur de Italia para defender Tarento y otras colonias griegas de la agresión romana. Pero en aquel momento Grecia ya había dejado de existir como gran nación; sus ciudades estados se peleaban entre sí constantemente, divididas en dos ligas, la Aquea y la Etolia; ninguna de ellas fuese capaz de mantenerlas unidas. Así fue el cuadro político de Grecia en el momento que Roma, tras su brillante victoria en la Segunda Guerra Púnica, volvió sus ojos hacia los Balcanes.
Durante varios años, Roma mantuvo relaciones con los estados griegos a base de cierta tolerancia y respeto interveniendo en sus asuntos internos tan sólo ocasionalmente pero, de todos modos, semejante política provocó el descontento de ciertos grupos sociales en cuya memoria aún vivía el recuerdo de la antigua libertad de los helenos. Perseo, el soberano de la vecina Macedonia, trató de aprovecharse de la situación llamando a los griegos para la guerra contra Roma. Pero Macedonia ya no era la misma gran potencia de los tiempos de Alejandro Magno y Perseo, derrotado en la batalla de Pidna en 168 a.C. por el general romano Paulo Emilio, fue llevado a Roma donde desfiló encadenado tras el carro triunfal de su vencedor. Tras aquella derrota, algunas ciudades griegas aún pretenden luchar por su efímera libertad hasta que en 146 a.C. las tropas del cónsul Lucio Mumio cayeron sobre Corinto, una de las ciudades más prósperas y al mismo tiempo más problemáticas de Grecia reduciéndola a cenizas. El botín más valioso traído a Roma tras aquella campaña fue un gran grupo de filósofos, gramáticos e intelectuales griegos destinados a convertirse en los educadores de las nueva generación romana, al igual que Xantipe, heroína del cuento Graecia capta.
En realidad, Grecia había cambiado muy poco bajo el dominio romano. Según Plutarco, "es el mismo espíritu popular, son las mismas inquietudes, la misma seriedad y las mismas burlas, la misma maldad y la misma gracia que en los antepasados". La vida del pueblo griego durante el dominio romano revelaba también algunos rasgos dignos de su primacía civilizadora que difería a los griegos del resto de la población del Imperio. Los combates de gladiadores, que no tardaron en expandirse a todas las provincias romanas, penetraron a Grecia relativamente tarde y durante mucho tiempo no pasaron de Corinto, ciudad medio itálica. Cuando las autoridades romanas los introdujeron también en Atenas, muchos ciudadanos, entre los más nobles y respetados, abandonaron voluntariamente su ciudad natal creyéndola deshonrada por aquellos espectáculos sangrientos. Sin embargo, la nueva generación griega, abandonando los antiguos preceptos de sus gloriosos antepasados, poco a poco se adaptaba a nuevas condiciones, como el joven Arquíloco, protagonista de La última batalla del Invencible, tratando de encontrar su propio lugar en esta nueva Paix romana.
Un aspecto totalmente distinto tenía Europa Occidental, el mundo bárbaro. En cuanto a las Galias, antes de las campañas de César los romanos no conocían más que sus provincias meridionales, conquistadas con el fin de asegurar las comunicaciones con España. Más al norte de la frontera, se extendía una auténtica Terra Incognita, poblada por diferentes tribus de raza céltica que aún no conocían la vida urbana ni la escritura. Para los romanos era un mundo siniestro y tenebroso de guerreros salvajes que se embriagaban con sangre humana y druidas perversos que practicaban sacrificios humanos. Aquel concepto erróneo afectó posteriormente a toda la historia de los celtas quienes, lejos de ser unos simples bárbaros rudos e ignorantes, desarrollaron una brillante cultura que floreció en un extenso territorio desde las Islas Británicas hasta el Danubio e influyeron profundamente en la historia de Europa. Eran unos prósperos ganaderos, agricultores y artesanos; adoraban a sus milenarios dioses moradores de bosques sagrados, admiraban las artes pero al mismo tiempo eran guerreros ávidos y feroces que luchaban unos contra otros a veces por un simple insulto. No tenían escritura pero componían hermosas leyendas sobre sus dioses y héroes y conservaban en sus mentes la imagen de una sociedad ideal heroica donde "nada es mío ni tuyo".
Sin embargo, a los romanos los interesaban únicamente los fértiles campos de las Galias y el abundante oro que poseían sus habitantes. Los mismos celtas contribuyeron en gran parte a su propia caída ya que, según comenta Julio César en su relato de la Guerra de las Galias, todas las tribus vivían desunidas y en constante pelea entre sí. En realidad, cuando sus legiones marcharon por primera vez contra la Galia en 58 a.C., el país estaba dividido en cientos de pequeñas y grandes posesiones tribales, ninguna de ellas con fronteras fijas. La superpoblación, el espíritu belicoso y el amor por la aventura provocaban innumerables conflictos tribales y a la vez convertían a las Galias en un blanco apetecible para sus enemigos.
Frente al peligro romano, las tribus celtas dejaron a un lado sus antiguas rivalidades uniendo sus fuerzas en la lucha contra el enemigo común hasta que en el año 52 a.C. surgió Vercingetorix. jefe de los arvernos, un hombre que resultó ser un adversario digno del mismo César. Bajo su mando, los celtas lucharon osadamente y, como escribió después el mismo César, "creían que era mejor morir en combate que deshonrar su antiguo renombre guerrero y perder la libertad que habían recibido de sus antepasados". Pero tras la derrota en Alesia, cuando Vercingetorix cayó vivo en manos del enemigo y fue llevado a Roma, el antiguo espíritu celta decayó. Aunque la resistencia perduró y algunos jefes tribales intentaron sublevarse, Roma, despiadadamente, logró desbaratar todas aquellas revueltas. La mayor parte del mundo celta quedó postrado, sus campos devastados y sus antiguos dioses olvidados. Las antiguas costumbres y tradiciones celtas, se mantuvieron vivas únicamente en la memoria tanto de los vencidos como de los vencedores, tal como traté de mostrarlo en el cuento La lluvia.
Aún más al norte, al otro lado del Rin, se extendían los intransitables bosques y pantanos, refugio de las numerosas tribus germanas. La patria de aquella gente ruda y belicosa que amaba la lucha y no temía a la muerte se extendía a lo largo de las costas de los mares Báltico y del Norte pero en el año 500 a.C., cuando el clima de Escandinavia, otrora templado y agradable, se volvió demasiado frío y húmedo, los pueblos nórdicos comenzaron a desparramarse hacia el sur buscando tierras más acogedoras. Los primeros en entrar en contacto con el mundo romano en el siglo II a.C. fueron los cimbros procedentes de la península de Jutlandia, tribu a la cual pertenecía uno de los protagonistas del cuento Los hermanos. En los siglos posteriores diferentes tribus germanas invadieron una gran parte del continente europeo en sucesivas oleadas de pillaje y conquista creando serios problemas para Roma. Aunque las armadas romanas remontaron los ríos de Germania y una formidable empalizada de más de doscientas millas entre el Danubio y el Rin protegían la frontera septentrional del Imperio de las incursiones bárbaras, todos los intentos de extender las conquistas más allá de esta línea divisoria no tuvieron éxito. Augusto, en su lecho de muerte, había ordenado que no se avanzara más al norte y sólo por necesidad los emperadores Trajano y Marco Aurelio guerrearon y pactaron con las tribus germanas del otro lado del Rin y del Danubio. Germania seguía siendo para los eruditos romanos ejemplo de pueblo no contaminado por la civilización y, por lo tanto, sumamente misterioso.
Al otro extremo del mundo romano, en Africa, según comenta Th.Mommsem en su libro El mundo de los Césares, "la miopía, la mezquindad, la monstruosidad y la brutalidad de la política exterior de Roma se mostraron más que en cualquier otra parte del mundo". En las Galias y en Iberia el gobierno romano perseguía, por lo menos, como meta, una colonización ordenada de nuevos territorios y un principio de latinización; en Grecia y en Oriente la dominación romana se suavizó gracias al helenismo mientras sobre el continente africano parecía flotar todavía, más allá del fantasma de Cartago, el viejo odio nacional contra Aníbal y los púnicos. Roma pretendía retener el antiguo territorio cartaginés no tanto para fomentar el provecho propio sino más bien para no permitir que otros, más que todo los pueblos autóctonos de Africa, la aprovecharan en sus intereses; no para alentar allí una nueva vida sino para velar los cadáveres sepultados.
Las tierras africanas jamás lograron resurgir tras el desastre de las Guerras Púnicas; ninguna de sus ciudades se levantó hasta el mismo esplendor que en otros tiempos había poseído Cartago. Tampoco existían allí campamentos militares permanentes como en las Galias o en España ni fortificaciones monumentales como en Britania o en Germania. La provincia romana de Africa fue circundada por los territorios relativamente civilizados de Numidia y Mauritania, reinos aliados de Roma, por una parte, y, por la otra, por el Sahara cuyas arenas albergaban el constante peligro de un embate de los garamantes, los misteriosos habitantes del interior del continente, antepasados de los actuales tuareg. Unas pocas fortalezas romanas erguidas en medio de las arenas impenetrables no siempre lograban detener los ataques de aquellos intrépidos guerreros del desierto por lo que la vida en la frontera meridional del Imperio estaba llena de zozobras y un peligro constante, empeorando aún más las relaciones de los colonos y militares romanos con la población local. Según Th. Mommsem, fueron el temor y el peligro, el afán de mando y la codicia que regían la vida en el Africa romana, truncando despiadadamente los destinos tanto de las personas (La vida entera) como de pueblos enteros (La justicia del desierto). Espero que el presente libro, un breve recorrido por diferentes rincones de la Paix romana, no sólo parecerá a sus lectores un viaje entretenido y cognoscitivo sino también los hará pensar hasta qué punto nuestro mundo actual se asemeja a aquel que aparece en las páginas de los Cuentos de los vencidos ya que numerosos problemas y temores que afectan a los protagonistas no se difieren mucho de los que siguen perturbando a nosotros en pleno siglo XXI.

Conferencia 1 Parlamento

Antonio Mora Vélez
El escritor en la actual coyuntura Política

(Lectura del libro
“La duda y la elección, intelectuales y
poder en la sociedad contemporánea”
de Norberto Bobbio)

Los intelectuales[1] son las personas que trabajan primordialmente con las ideas y cuyo producto es una obra de pensamiento que puede tener una presentación material pero cuya utilidad es del orden intelectual. Hay una gran gama de intelectuales que van desde los llamados por Norberto Bobbio, expertos o técnicos (los economistas, los juristas, etc.) pasando por los tradicionales (historiadores, filósofos, humanistas), hasta los maestros de pensamientos, los ideólogos como Kant, Hegel y Marx.
Los escritores pertenecemos al grupo de intelectuales llamados tradicionales, al lado de los historiadores, los pintores y los humanistas, por oposición a los nuevos intelectuales generados por el desarrollo de la producción y la tecnología: los científicos, los especialistas y los técnicos. Entre estos últimos y los primeros existente, no obstante las diferencias, algunas similitudes que no se deben perder de vista. Los científicos y los técnicos necesitan una escala de valores, unos principios para fundar sus tesis y los ideólogos no pueden dejar de recurrir a conocimientos técnicos para lo mismo.
Un pensador importante, el filósofo de la Administración moderna, Peter Drucker, sostiene que vamos hacía un nuevo tipo de sociedad llamada por él post- capitalista, en la que los intelectuales de la segunda categoría, los científicos, los especialistas y los técnicos, están llamados a ocupar el papel principal dado que son al mismo tiempo dueños y usuarios del principal medio de producción de esta sociedad, que lo es el conocimiento. Para Drucker, la tierra, (es decir, los recursos naturales), el capital y el trabajo, dejaron de ser los factores tradicionales de la producción y pasaron a ser secundarios frente al conocimiento. En esta nueva sociedad -dice Drucker- “la dicotomía (contradicción en la terminología dialéctica) será entre los intelectuales (vale decir los humanistas, los escritores y los ideólogos) y los gerentes (o sea, los científicos sociales y técnicos de la administración y las finanzas); aquellos interesados en palabras e ideas, y éstos en personas y trabajo. Trascender esta dicotomía es una nueva síntesis, será una filosofía central y un reto educativo para la sociedad postcapitalista”3.
Paradójicamente, y desde esta óptica discutible, no resulta nada halagüeño el futuro para los intelectuales tradicionales, para los escritores en particular, en la llamada sociedad del conocimiento. Pero no por lo que Platón le criticaba a los poetas de su tiempo y los excluía de su República, esto es por ocuparse de dioses que vivían como los mortales y que tenían todas sus virtudes y defectos y porque echaban manos de cosas de la Naturaleza y no de ideas, al hacer sus poemas; sino por lo contrario, porque los poetas de hoy nos ocupamos laboralmente de los bienes de la Naturaleza y de los conocimientos tecnológicos que hacen posible su transformación.
Cabe señalar, a manera de consuelo y para no ser injustos con Drucker, que él aspira, en consonancia con la última frase de la cita utilizada en este escrito, a que la sociedad del conocimiento, y más exactamente la escuela y la universidad, alcancen a producir el hombre educado, un hombre nuevo que, según él, debe tener la capacidad de ser ciudadano del mundo, de comprender los demás conocimientos desde su especialidad, de vivir en el mundo global y de enriquecer y nutrir su cultura local. Algo parecido al hombre total que pensó Iván Efemov en su maravillosa novela de anticipación: La Nebulosa de Andrómeda.
En la perspectiva marxista, los intelectuales somos revolucionarios o reaccionarios, según los intereses políticos. No existe el intelectual puro en la medida en que no existe a una persona que pueda hacer abstracción de su condición social o de su adopción, consciente o inconsciente de tal o cual ideología. Pero Norberto Bobbio si los acepta, a ambos, y establece una diferencia entre ellos. Para los primeros, el intelectual revolucionario, el compromiso es con la revolución y su papel es llevarle la ideología a la clase revolucionaria llamada a cambiar el orden de cosas existentes. Según el filósofo y politólogo, Norberto Bobbio, y en relación con el intelectual puro, “vale el principio de que la razón de Estado, o lo que es lo mismo, la razón de partido, de nación o también de clase, nunca debe prevalecer sobre las razones imprescriptibles de la verdad y de la justicia”3 y yo agregaría, frente a la razón también imprescriptible de la libertad.
Y esta tesis está basada en otra que, en mi opinión, es objetiva, histórica y revolucionaria. Y es la de que “todo poder- bajo cualquier forma- es instrumento de opresión, de coacción, de dominio ciego y arbitrario (y) es, por definición, obtuso (enemigo de la inteligencia), inhumano (enemigo de la liberación del hombre), y despótico (enemigo de la libertad)”4; lo cual puede significar, palabras más, palabras menos, que entre los intelectuales y el poder haya una pelea cazada desde siempre que solo dirimen el dinero, el exilio, la censura o la muerte. Y que las mismas condiciones objetivas antedichas colocan al intelectual de cara al poder, sin que sea menester la mediatización política, la que las más de las veces, distorsiona su papel y su mensaje. Esta sola confrontación del intelectual con el poder lo coloca en el terreno político sin más intermediación que su propia libertad amenazada. Y si como afirma Drucker, los intelectuales estamos llamados a ser los contradictores de los tecnócratas gerentes de la sociedad del conocimiento, nuestro papel se acreciente pero no hasta el extremo y modo que le señaló Marx al proletariado, sino blandiendo la misma arma de los detentadores del poder: el conocimiento, pero en su variante humanista y reflexiva.
Desde esta perspectiva, un intelectual contemporáneo debe tener una posición crítica frente al poder de modo independiente, no vinculado a un partido o clase social; desde su propia práctica de intelectual y arguyendo los valores universales que el humanismo ha creado y enseñado en y con sus obras, literarias en su mayoría. Son las razones imprescriptibles de la verdad y la justicia de que habla Bobbio y que arriba he citado. Esta posición se enmarca en la tesis de la “autonomía relativa de la cultura respecto de la política”, lo cual quiere decir que las manifestaciones de la cultura no pueden estar mediatizadas por la política y menos por las relaciones económicas. “La reducción a la política de todas las esferas en las que se desarrolla la vida del hombre en sociedad o bien, la politización integral del hombre, la desaparición de toda diferencia entre lo político y – como se dice hoy – lo personal (lo artístico, lo religioso, lo filosófico, etc.), es la quintaesencia del totalitarismo”, dice Bobbio5. Lo anterior no quiere decir que se haga abstracción de lo político. El intelectual, el escritor, debe ser independiente, pero indiferente. De estar en la política pero trascenderla y esto quiere decir, no dejarse atrapar por los dogmatismos y los fundamentalismos, no convertir el Estado, la doctrina o el partido en ídolos, en ideas absolutas al más puro estilo hegeliano, que lo haga decir: por fuera del Estado o del partido o de la ideología, nada; dentro de ellos, todo.
Es obvio que los intelectuales, en momentos críticos, en coyunturas políticas como los que vivimos, tenemos la obligación moral de opinar y de comprometernos, so pena de pasar a la Historia como inferiores a nuestro deber ser y cómplices del deterioro social. Y más los escritores, quienes, desde la invención de la imprenta, somos los intelectuales por excelencia. “Pero el hombre de la cultura tiene su manera particular de comprometerse- dice Bobbio- que es la de actuar por la defensa de las condiciones mismas de los presupuestos de la cultura... por los derechos de la duda frente a las pretensiones del dogmatismo, por los deberes de ala crítica contra la seducción del entusiasmo irracional, por le desarrollo de la razón contra el imperio de la fe ciega y por la veracidad de la ciencia contra los engaños de la propaganda”6.
El compromiso intelectual es con la duda, la crítica, la razón y la libertad, que son las condiciones básicas de su existencia como intelectual, y contra el dogmatismo, el fundamentalismo y el partidismo, que convierten al hombre en un esclavo ciego de las ideologías y proclive, por lo tanto, a los procedimientos más inhumanos. “La tarea de un hombre de cultura, dice Bobbio, es más que nunca, sembrar dudas, no recoger certezas”. El escritor y el intelectual deben ser unos heraldos y guerreros de la libertad y de la amplitud del pensamiento. Defensores del individuo frente a la opresión esencial del Estado. Del débil frente al despotismo de los poderosos, de la ciencia, frente al oscurantismo y la ignorancia. De la verdad escondida frente a la mentira fabricada.
Hemos hablado hasta ahora del intelectual que es un crítico natural del poder, cualquiera que éste sea y que no se compromete con él, como Norberto Bobbio; y que es el modelo de intelectual que nos seduce y nos mueve a las anteriores reflexiones. Pero, desde luego, sabemos que hay otros. Existe el intelectual instalado en el poder y de esta clase son ejemplo los jacobinos y los bolcheviques. Los intelectuales que desde fuera intentan influir o influyen en el Poder, como los periodistas y los asesores externos y consultores de los gobiernos. Y los intelectuales que entienden como su misión la de justificar, desde fuera, el poder, y tal es el caso de los escritores que hacen parte de los organismos de propaganda de los regímenes fascistas o revolucionarios.
Sin perjuicio de considerar con Bobbio que un intelectual debe ser, básicamente, un mediador, esto es, cuyo fin político esencial es situarse en el centro de la controversia para encontrar una solución negociada, me atrevo a sugerir las siguientes posiciones, vistas desde la óptica enunciada arriba del intelectual humanista, demócrata y crítico natural del poder, y que, en mi modesta opinión, los escritores y demás intelectuales debemos asumir, incorporarlas a nuestro quehacer literario y periodístico, para contribuir a superar los obstáculos que nos impiden el goce de la libertad. Son ellas:
Condenar y combatir la guerra, y la violencia en general, como fórmula de solución de los conflictos, internos e internacionales. Defender la soberanía de las naciones, propiciar la amistad y solidaridad entre los pueblos y combatir el chauvinismo, el racismo y el imperialismo, que son la negación de los anteriores valores. La guerra es el reconocimiento de que el pensamiento humano, el diálogo entre las personas y naciones, es incapaz de resolver las diferencias, y es la más inhumana de las conductas sociales. “Un intelectual debe impedir con sus ideas que la política se endurezca en sus proposiciones y que la violencia se haga inevitable”.
Fomentar la tolerancia, el reconocimiento del derecho del otro a ser y a existir con sus valores e intereses. Lo cual implica que debemos situarnos en su lugar cuando pensemos en abordar su posición desde una perspectiva crítica. No aceptar esto es reconocer que el Estado es innecesario y que la sociedad, como dijera Engels7, está condenada a exterminarse a sí misma, víctima de sus propias contradicciones de clase.
Defender la Democracia y los Derechos Humanos frente al despotismo y toda forma de coacción de la libertad por parte del Estado. Entendiendo por Democracia no el gobierno de las mayorías, sino todo lo contrario, el gobierno que respeta los derechos de las minorías. Los Derechos Humanos, no sobra decirlo, son la esencia de la democracia y están por encima de las razones del Estado y son inalienables e imprescriptibles.
Combatir el mal uso del Poder, que este derive en monopolio de la verdad y que él se utilice en beneficio de un partido, de una clase o en beneficio particular. Un escritor debe ser un crítico de los abusos de poder, de la corrupción de los gobernantes y funcionarios y de la manipulación de la verdad, desde las oficinas gubernamentales y de los medios que le sirven de apoyo. Esto nos conduce a proponer, en nuestro caso nacional, el rescate del Estado de quienes lo han convertido en instrumento de enriquecimiento personal, y en un aparato ineficaz que no llega a todos los colombianos y que no ha resuelto, por lo mismo, los problemas del subdesarrollo.
Divulgar las ideas del humanismo filosófico, según las cuales la vida social debe estar en función de engrandecer al ser humano, de elevarlo social y espiritualmente y exaltar, en consecuencia, la solidaridad entre los seres humanos como fórmula de convivencia y estrategia de supervivencia de la sociedad. El escritor debe propagar el ideal de una sociedad armónica, en donde el progreso se mida en términos de satisfacción de las necesidades humanas, en orden a realizar las modernas tesis del Desarrollo Humano. En esa dirección, cabe proponer y apoyar un nuevo pacto social para la reorganización del Estado colombiano a efecto de hacerlo servidor de la comunidad y propulsor del desarrollo humano sostenible.
No ser utópico, nihilista, dogmático ni extremista. Ser realista y propiciar las soluciones que mejoren la situación problémica que se pretende resolver. La utopía y el nihilismo sin fundamentos ni perspectivas, y el dogmatismo, alejan la posibilidad de soluciones concretas a los problemas de hoy. Los extremismos nos alejan de la amplia gama de posibilidades ubicadas en el término medio y alejan también las posibilidades de diálogo y entendimiento entre las partes en conflicto.
Si procedemos de acuerdo con esos seis puntos le hacemos un gran favor al progreso, le prestamos un gran servicio al país y a la humanidad, somos consecuentes con la razón de ser de nuestro oficio y fieles a nuestra posición de compromiso con la inteligencia y enfrentamiento natural con la opresión y el despotismo del Poder. Tal vez por ese camino le abramos condiciones a la parición en el futuro del llamado por Drucker “nuevo órgano del poder público independiente del ejecutivo y el legislativo”, propuesto para controlar los gastos del Estado, un nuevo órgano que sea, además de nueva expresión popular en el tema más importante de hoy: el uso de los dineros públicos, el inicio del desmonte de la concepción del Poder que lo separa cada vez más y más de la población y en contra de ella.
Y ya para terminar, esta frase de Paul Baran: “Un intelectual es un crítico social, un individuo cuya preocupación es identificar, analizar y por este medio, contribuir a superar los obstáculos que impidan alcanzar un orden social mejor, más humano y más racional”. Y esta otra de Kafka sobre los poetas: personas que “ofrecen a los hombres nuevos ojos con que ver el mundo y cuando se ve el mundo con nuevos ojos, se puede entonces, cambiarlo”.
Sincelejo, 25 de noviembre de 2003.
[1] Con esta conferencia se inició el Proyecto del Parlamento de Escritores e Intelectuales del Caribe el 4 de diciembre del año 2003. Fue leída por su autor, en la Casa de España, quien fue elegido por unanimidad como Primer Presidente del Parlamento de Escritores.
3 Drucker, Peter: “ La sociedad post capitalista”, Editorial Norma, Bogotá, 1994.
3 Bobbio Norberto: “La duda y la elección “, Ediciones Piados, Barcelona, 1998.
4 Bobbio Norberto, op. cit.
5 Bobbio Norberto, op. cit.
6 Bobbio Norberto, op. cit.
7 Engels Federico: “Origen de la propiedad privada y el Estado”.

Homenajeada

Judith Porto de González
Narradora, cuentista, docente, investigadora y dramaturga bolivarense, natural de Cartagena (25 de septiembre de 1925). En 1949 se perfiló como una de las más consagradas narradoras al ganar un Concurso de Cuento, el que firmó con el seudónimo de Carmen Mayo, en uno de los últimos Juegos Florales de la ciudad. Sin embrago, es más conocida nacionalmente por su teatro, el que ha basado en hechos históricos y cotidianos de la aristocrática sociedad de Cartagena. Su nombre aparece en todas las listas y antologías de escritoras de teatro del país.
Es autora de los siguientes libros: A caza de Infieles (1953), Doce Cuentos (1969, 1961), La Novia prestada (Diario de la Costa-1945, 2006)), Al filo de la leyenda (1962, 1969, 2008), Al convento y para mi un pirata (Teatro-1964), La Casa de don Benito (Teatro, estrenada en 1965 en la Televisión), Pasan los años en la tierra (Teatro, presentada en Cartagena y Bogotá, 1968), Lili llamó el sábado (Teatro, 1966), Son los chinos (Teatro, 1967), Mesa de Juego (Teatro, 1968), 40º bajo cero, Pilares Vacíos (Teatro, obra premiada en el 7º festival de arte de Cali, 1968), Jacinto (Novela, 1975, 1979, 1980), El hacedor de milagros y el Artista de Mamá (Teatro, 1972), Breves apuntes de teatro (1979), Mesa de juego, Cena de Navidad, Festival de Flores (Teatro, 1979), El Horno de la Fantasía (1980), Periquitos de Esperanza (1980), Memorias de un médico andariego (1984), Lecciones de Teatro (1983), Cartagena, teatro de leyendas (1983), La Libertad, 11 de noviembre fantástico (1987), El Teatro en la Historia de Cartagena ( 1989, 1990), Saint Anthony Image (Nueva Deli, India, 1991), Asaltos y sitios de Cartagena de Indias desde la Colonia (1996), El Destino Manda (Novela, 2006).
Fundadora y presidenta de la Sociedad de Amor a Cartagena, Presidenta de la Sociedad San Martiniana y presidenta honoraria de la Asociación de Escritores de la Costa. Estuvo vinculada al sector oficial como Directora de la Oficina de Extensión Cultural del Departamento de Bolívar, por más de treinta años, desde donde organizó diversos concursos, publicaciones de obras, foros, charlas y conferencias.
En su condición de Presidente de la Sociedad de Amor a Cartagena, fundó más de medio centenar de escuelas de primaria, prestando un gran servicio a generaciones de cartageneros, especialmente de aquellos sectores vulnerables de la ciudad.

Homenajeada


Fanny Buitrago

Una de las más notables y reconocidas escritoras, tanto en el país como en el exterior. Nacida en Barranquilla, en 1943, de padre tunjano y madre barranquillera.
Es autora de las obras: El hostigante verano de los dioses, El hombre de paja, Las distancias doradas, Final del Ave María, La garza sucia, Cola de Zorro, La otra gente, Los amores de Afrodita, Líbranos de todo mal, Tiquete de Pasión, Líbranos de todo mal, Los Pañamanes, Señora de la Miel, La Casa del abuelo, La casa del arco iris, Cartas del Palomar, La Casa del Verde doncel, Los fusilados de ayer y Señora de la Miel, entre otras.
De sus raíces costeñas y una estancia prolongada en la Isla de San Andrés, surge su libro Bahía Sonora (1975), uno de cuyos relatos "Pasajeros de la noche", fue galardonado con los premios de El Tiempo de Bogotá, El Nacional de Caracas y la Revue de deux mondes de París

Homenajeada

Meira Delmar

Nació en la ciudad de Barranquilla en 1921 en el barrio Las Delicias, “que era como vivir en el campo”. Murió el 18 de marzo de 2009, en su hogar del residencial barrio de Bellavista en la curramba de sus amores.
Hija de padres oriundos de El Líbano, su verdadero nombre era Olga Chams Eljach. Desde que la revista cubana Vanidades, de la Habana, a finales del año treinta y siete, le publicara sus primeros poemas, entre ellos “Promesa”, al que tiempo después le pondrían música y que fue interpretado por Tina Altamar.
Adoptó el nombre de Meira Delmar, con el objeto de no causar malestar al rigorismo de su padre, quien vivía bajo el peso de las tradiciones musulmanas. No obstante, “fue mi papá la primera persona que me felicitó y me estimuló para que siguiera escribiendo”, dijo pocos días antes de morir en una entrevista por televisión.
Hizo estudios en su ciudad natal en el Conservatorio de Pedro Biava, en el cual fue luego profesora de Historia del Arte y Literatura, materias que cursó en Roma, Italia. La Universidad del Atlántico le confirió el doctorado «Honoris Causa» en letras.
Su primer poemario, Alba de olvido (1942), fue considerado en 1999, en encuesta de la revista Semana, uno de los mejores veinte libros de poemas del siglo XX en Colombia.
Sus otros libros de poemas son Sitio del Amor, 1944; Verdad del Sueño, 1946; Secreta Isla, 1951; Poesía, 1962, Huésped Sin Sombra, 1971; Reencuentro, 1981; Laúd Memorioso, 1995; Alguien Pasa, 1998 y Viaje al ayer (2007). La poesía de Meira Delmar ha sido traducida al inglés, francés e italiano, y se caracteriza por una dulce sensualidad, por un ambiente agradable y musical.

viernes, 26 de junio de 2009

Estatutos del Parlamento

Institucionalización del
Parlamento de Escritores del
Caribe Colombiano

Estatutos

Definición

Artículo 1º El Parlamento de Escritores del Caribe Colombiano, se crea como una persona jurídica sin ánimo de lucro, y se entenderá como aquella tribuna, que previa convocatoria, periódicamente reunida, acogerá y difundirá el pensamiento crítico de los escritores de la región y del mundo que acudan a la cita programada en la ciudad sede del evento.
Será un conversatorio democrático, participativo y representativo de intelectuales de la palabra oral y escrita a través de los cuales se reflexionará sobre asuntos de conductas domésticas y trasnacionales de actualidad, que durante el cotidiano ejercicio de los derechos naturales, ideológicos, políticos y constitucionales del ser humano, y como consecuencia de sus necesarias relaciones sociales de producción con el Estado y otros agentes de la vida de cada nación, afecten el derecho a la palabra, a la difusión del pensamiento, la dignidad y convivencia pacífica de los hombres en el mundo.

Domicilio

Artículo 2º - La sede oficial del PECC será la ciudad de Cartagena de Indias, Distrito Turístico y Cultural, pero podrá sesionar en otra región cuando los miembros de la Junta Directiva así lo consideren.
Artículos 3º - De los Capítulos.- Podrán constituirse en otras ciudades de la región y del país. Capítulos que desarrollarán su actividad de acuerdo con los Estatutos.
Principios
Artículo 4º. Filosofía.- El objeto social del PECC será analizar, reflexionar, discutir, debatir y proponer, según los diferentes ámbitos que conforman la sintomatología y problemas que enfrenta la sociedad y por ende el escritor.
Artículo 5º. Resultado.- El producto intelectual del pensamiento reflexivo resultante del PECC será consignado en un documento que se divulgará por todos los medios de comunicación, siendo esta la posición oficial del parlamento.
Artículo 6º. Reuniones.- El PECC se convocará y sesionará anualmente mediante comunicación escrita o verbal, entendiéndose esta por cualquier medio electrónico, transmitida a los escritores, mínimo con dos meses de anticipación, fijando la hora, el día y el lugar y señalando el motivo de la reunión. Mientras se formaliza e institucionaliza será convocado por la ASOCIACIÓN DE ESCRITORES DE LA COSTA.
Artículo 7º.- Integrantes.- El PECC estará conformado por los siguientes miembros:
· Fundadores. Los que participaron en el Primer Parlamento de Escritores en Cartagena en el mes de diciembre de 2003.
· Afiliados. Es decir, aquellos que manifiesten su intención de pertenecer a él, previo el lleno de los requisitos.
· Honorarios. Es decir, aquellos escritores o personalidades que a juicio de la Asamblea General, merezcan tal distinción.
Derechos.- Los miembros del PECC, tienen voz y voto en las deliberaciones, además podrán:
· Elegir y ser elegidos
· Representar al Parlamento
· Remover a los miembros de la Junta Directiva
Obligaciones.- Los miembros del PECC están obligados a:
· Cumplir con los estatutos y las decisiones de la Asamblea General.
· Cancelar oportunamente las cuotas, ordinarias y extraordinarias.
· Asistir a las sesiones ordinarias y extraordinarias del PECC.
· Investigar y presentar los trabajos que le sean asignados, por la Asamblea General o por la Junta Directiva.
Patrimonio.- Estará conformado por las cuotas ordinarias y extraordinarias de los miembros fundadores y afiliados y por los aportes, en dineros o en especies de personas naturales o jurídicas, oficiales o privadas, nacionales e internacionales.
Pérdida de la Membresía
Se perderá la distinción de miembro por una de las siguientes razones:
· Muerte
· Renuncia voluntaria
· Exclusión
Dirección.- El PECC tendrá como organismos de dirección los siguientes:
1. La Asamblea general, que es la máxima autoridad del PECC.
2. La Junta Directiva, que estará conformada por los siguientes dignatarios:
· Presidente, que será elegido por la Asamblea General por un período de un año, pero podrá reelegirse solo para un nuevo período.
· Secretario
· Tesorero
· Dos Vocales
Control.- Las actuaciones de los miembros del PECC, y de la Junta Directiva serán vigiladas por el Fiscal, que será elegido por la Asamblea General, en la misma fecha en que se elija la Junta Directiva y para el mismo período.
Vigencia.- La vigencia del PARLAMENTO DE ESCRITORES DEL CARIBE COLOMBIANO, será de doce (12) años, pero podrá disolverse por una de las siguientes causas:
1. Por incumplimiento de las finalidades establecidas en los Estatutos.
2. Insolvencia de los asociados.
3. Cuando no exista un mínimo de 10 miembros que cumplan con el objeto social.
4. Por decisión de los miembros reunidos en Asamblea General.
5. Por disposición legal.
Certificación.- Los abajo firmantes certificamos que este Documento recoge los Estatutos del Parlamento de Escritores del Caribe Colombiano y solo podrán reformarse de acuerdo con lo dispuesto en ellos.
Dados en la Sala de Juntas de la Casa de España de Cartagena de Indias, Colombia, el día 4 de diciembre de 2003.
JOCE G. DANIELS G
Presidente
Asociación de Escritores de la Costa

ANTONIO MORA VÉLEZ
Presidente
Primer Parlamento de Escritores del Caribe Colombiano